Melomanía

Nunca de pequeña tuve la oportunidad de tocar ni enamorarme de un instrumento. Mi mayor aproximación con uno fue con la mini guitarra de Anastasia, una de mis muñecas. Esta pieza de color madera caoba con visos chocolate y cuerdas destempladas nos inspiró a mi hermana y a mi a componer la canción que acompañó toda nuestra infancia y cuya letra decía “anamachu ji, anamachu ja”, estrofa tras estrofa. Cuando nos juntábamos para cantarla, nos poníamos la casa de ruana, al punto que nos podía dar la media noche entonando sus notas.

6Pero, pese a mi infinita ignorancia en el plano musical, este sábado descubrí que el oído no me falla del todo y en este sentido sí logré ir más allá del do, re, mi, fa, sol, la, si…

Lo comprobé luego de que recibí de regalo dos pases para ver la Filarmónica Joven de Colombia y, animada, me programé para asistir con mi amiga Paola Falla, quien compartía mi misma preocupación: “ahora es que nos quedemos dormidas”…

Cuando ingresamos al auditorio de la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá, supimos de inmediato que esto no sería posible, pues nos había tocado la primera fila. Lo positivo del asunto era que minutos antes nos habíamos tomado un café bien cargado en el Oma de la esquina, lo que, sin duda, nos ayudaría a mantenernos alerta.

5Andrés Orozco- Estrada, colombiano con formación en Viena y uno de los directores más destacados de su generación, sería el responsable de llevar la batuta. Y sí que lo hizo. Apenas salió, nos presentó las sinfonías que tendrían lugar esa tarde*, nos contó del trabajo que había realizado el equipo detrás del telón y, sin mayores preámbulos, dio inicio a la función.

Bastaron 10 segundos para quedar sin aliento. Era imposible pasar desapercibida la danza de los 18 violines que teníamos en primer plano. Si bien los converse negros que vestían todos eran su polo a tierra, éstos no impedían que sus troncos se contonearan al son de la música. Todos al mismo ritmo, sincronizados, con su atención puesta en las partituras y, de vez en cuando, su mirada de reojo, en el director. Esta última, siempre cargada de profunda admiración e infinito respeto.

Entre los músicos también había una conexión especial. No sólo los pares de violines actuaban como si fueran uno sólo a la hora de voltear las páginas de las partituras y templar las cuerdas con los dedos, sino que entre las 5 mujeres y los 13 hombres se percibía un lenguaje claro a la vez que silencioso.

Al mirar a la derecha saltaban a la vista los contrabajos, liderados por un grupo de cuatro costeños. Según las conjeturas que sacamos con Paola, uno era cartagenero, dos de Sincelejo y el otro era samario. Y es que este grupo de muchachos, que no sobrepasan los 20 años, representa un pedacito de Colombia. Los había de todas la regiones, estratos y colores, lo que hace que la Filarmónica Joven, en realidad, sea un derroche de cultura y una digna representante de nuestra idiosincracia.

1En cuanto a los cornos, qué les puedo decir. Éstos, como es común, son acariciados por cuerpos robustos, tan robustos como el instrumento. De ahí, que en esa fila saltaran a la vista los rostros de Jhon Kevin y Jairo Andrés, dos chicos macizos, de pómulos rosados, cuello amplio, venas pronunciadas en las sienes y una actitud de buena papa que ni se diga. Sus intervenciones no eran permanentes, pero, cuando les llegaba el turno de aguardar y callar, lo hacían con respeto. Mientras esperaban su entrada, se gozaban el espectáculo, tanto como nosotros.

Si bien estos dos grupos cautivaron toda mi atención en la primera parte de la función, luego de entrar del intermedio, mi mirada se vio centrada en las flautas, donde las mujeres mandaban la parada. Su feminidad era innegable y sólo pudo recordarme a los encantadores de serpientes, que, con tanta gracia, hacen que el reptil vuelva con obediencia a la cueva. En este caso, yo era el reptil embrujada con sus notas de viento.

Pero si bien la participación de cada instrumento hacia su aporte a esa oda, era Andrés, con sus manos blancas, de dedos muy largos y aparente suavidad, quien se robó el show. Justo delante de mí -yo actuaba casi como su sombra-, este hombre de corta estatura y traje negro, sudaba de forma abrumadora. Casi que podía sentir su camisa empapada, así como la enorme pasión que le impregnaba a cada nota, el amor por su trabajo, el rigor de sus estudios, la disciplina con sus discípulos, así como el dramatismo en las notas altas y la calma en las más bajas.

En ese momento entendí, por qué había unos pocos espectadores que habían preferido la gradería de atrás, la más desocupada, a la que la orquesta le da justo la espalda. Es más, si hubiera podido cambiar mi primera fila por tener esos palcos poco apetecidos, lo hubiera hecho. Todo, con tal de verlo a él de frente. Pero, tuve que conformarme con su rostro de perfil y su silueta trasera, que, de cualquier modo, me llevaron al punto más alto del teatro.

7Entendí, entonces, que la música se siente, se goza, se vive, se llora, porque está directamente ligada con nuestros sentidos, nuestras sensaciones, nuestros recuerdos, nuestras vivencias y nuestros seres amados.

No sé de música, pero sí sé que al terminar cada sinfonía, mis piernas no pudieron quedarse pegadas a la silla D13. Tuvieron que ponerse de pie para honrar a este grupo de jóvenes, que tuvieron la fortuna de enamorarse profesionalmente de un instrumento y no como yo, que sólo pude entretenerme con la guitarra de Anastasia mientras jugaba.

Gracias Filarmónica Joven de Colombia, porque en vez de ponerme a dormir, me pusieron a soñar despierta.

*Primera Sinfonía en do-menor. Op. 68 / Segunda Sinfonía en Re-mayor. Op.73. Johannes Brahms (1833-1897)

14/04/14

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