Semáforo en rojo

Anoche soñé que me robaban. Más bien, tuve una pesadilla. En ella, no había tenido un buen día. Trámites sin concluir, llegadas tarde a citas importantes, trancones de norte a sur y un almuerzo a medias habían sido la constante del día.

Cuando el reloj marcaba las 5:00 p.m. me sentí aliviada, porque la jornada estaba próxima a concluir ¿Qué más podía pasarme si ya me encontraba rumbo a casa? Claro está, que por una ruta que no era la habitual.

En ese instante se me vino a la cabeza una idea nefasta: “lo único que falta ahora es que me roben“. Como sí la vida quisiera poner a prueba el poder de la mente, transcurridos tan sólo unos pocos segundos, a la señora del carro delantero se le apagó el motor. Mientas lo encendía de nuevo, el semáforo cambió a rojo, quedándome detenida en la segunda fila.

Recuerdo que, pese a estar dormida, en el sueño se apoderaba de mi un inmenso temor, que me alertaba sobre una situación de peligro.

Lo vi por el espejo retrovisor de la mano derecha. Se trataba de un habitante de la calle, de baja estatura, cuerpo menudo, pelo revuelto y las secuelas de la polución en su rostro. Lo vi como analizaba el objetivo y casi que podía sentir sus ojos clavados en él; es decir, en mí.

!Adiós a la tapa!

!Adiós a la tapa!

Como un animal salvaje persiguiendo a su presa, se abalanzó sobre la tapa de la gasolina de mi carro y forcejeó con ella hasta el cansancio. Lo único que atiené a hacer fue a mover la caja de cambios automática de la D a la R una y otra vez al tiempo que aceleraba. Ingenuamente pensaba que de este modo podría mandarlo a volar. Pero eran tan escasos los metros que me distanciaban tanto del carro de adelante como del de atrás que lo único que logré fue agrandar la tragedia, sumando al robo, unas latas sumidas.

Cuando el ladrón obtuvo lo que quiso, me miro con ironía y con la satisfacción del deber cumplido. Casi que me mostró con un gusto desgarrador la pieza que había obtenido como premio. Tranquilo, se dio media vuelta y se alejó con un andar sosegado.

Pero justo cuando creí que había terminado el calvario, entendí que apenas empezaba. El señor al que le había dado un beso en el guardabarros trasero se bajó de su auto. Todo sucedió tan rápido que ni me había dado cuenta de que lo había estrellado e ilusa pensé: “gracias a Dios alguien viene a ayudarme”.

En el momento en que llegó a mi ventana supe por su cara que su intención era otra. No sabía quién era un contrincante peor: si el indigente o este ciudadano de bien. Estaba rojo como un tomate, su pelo de color castaño claro estaba eléctrico y las venas de su rostro brotadas, muy brotadas.

Una retahíla de insultos empezó a salir de su boca, que hicieron que mi euforia (también llamada adrenalina) contenida durante el robo saliera a flote. Me desquité con el señor a gritos y descansé. Al ver que los daños de su vehículo no eran mayores (contrarios a los míos), oprimí el acelerador y lo dejé hablando sólo. No quería un disgusto más.

Fue inevitable detener las lágrimas. Se vinieron todas a la vez en cuestión de segundos. Incluso creo que lloré en medio del sueño. Era incontrolable el sentimiento de impotencia, angustia y desilusión que me embargaba. No sabía qué me dolía más: si el hurto o la falta de solidaridad e indiferencia de los demás habitantes.

A mi alrededor había una decena de motociclistas, tan imprudentes a la hora de lanzársele a los carros, pero tan cautelosos en el momento de espantar a un ladrón. De igual forma, la avenida estaba invadida de transeúntes y hasta había un carro delante mío, que, con sólo acelerar, me hubiera podido evitar ese mal rato. Lo que sí no había era ni un policia, como es costumbre en estos casos.

En conclusión, ninguno hizo nada. Tanto caminantes como motorizados tan sólo se detuvieron a observar el espectáculo de brazos cruzados. Pero nada sacaba con culpar a los demás. Lo que ha de pasar, pasa. Aunque no por esto podía asumirlo con resignación.

Llena de rabia y dolor llamé a mis amigos más cercanos, tal vez en busca de una voz de aliento y consuelo. Y la encontré. Me sentí más tranquila.

Justo a ahí me desperté y me di cuenta de que no había sido un sueño ni tampoco una pesadilla. Simplemente eran las secuelas del trauma que me había dejado el atraco del día anterior. Había vuelto a revivirlo minuto a minuto y, quizás, hasta con más detalles que en el mundo real. Porque cuando nos roban no sólo nos despojan de un bien material, sino también del tesoro más preciado que puede tener un ser humano: la tranquilidad.

Ahora miro para lado y lado, siento sombras a medida que transito por las calles y desconfío de cualquier persona de bien que se aproxime más de lo debido a mi vehículo. En pocas palabras, el miedo ocupa el puesto del copiloto y aún busco la manera de dejarlo en el próximo paradero.

19/04/14

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