¡Kool-tura señores!

Sí de algo me ha servido el insomnio de los últimos días es que me he podido conectar con mis amigas de otras latitudes. Liliana, en Francia, y Carolina, en Brasil, han sido mis dos fieles compañeras de desvelo durante estas crueles jornadas, en las que los ojos se mantienen alerta y la mente se resiste a descansar.

Por lo general, la primera de ellas hace guardia cuando acá el reloj marca la 1:00 a.m. y la segunda, cuando las manecillas se posan sobre las 4:30 a.m. Ambas me sorprenden con sus historias vía WhatsApp y creo que son éstas las que me impiden irme a dormir, pues resultan tan atractivas para mi blog, que me obligan a ponerme de pie e ir en busca de mi IPad.

Que el conductor de un bus de servicio público se detenga para entrar a un baño en la mitad de su recorrido por St. Brieuc y que los pasajeros aguarden pacientes en sus sillas es una historia digna de contar. Y ¿cómo no? Si esto sucediera en Bogotá, el chofer no sólo saldría derrotado de la despiadada guerra del centavo, sino también sería abucheado por los racimos humanos que cuelgan de las varillas de estos articulados. Es ahora cuando me pregunto en qué momento estos profesionales del volante, a cargo de interminables y agobiantes recorridos, se toman un respiro de este tipo y si es por esto que cuando lo hacen no tienen otra salida que elegir los arbustos de cualquier vía principal.

La guerra del centavo le impide a los conductores de Bogotá hacer una parada al baño

Mientras en St. Brieuc los conductores de los buses paran al baño, en Bogotá compiten por la guerra del centavo

Que en Rennes la cajera del supermercado abandone su puesto de trabajo para acompañar a un cliente a buscar el producto que no encontró en las góndolas y que la gente que está haciendo fila no pierda el control ni tenga discusiones acaloradas con ella a su regreso, es un verdadero acto de solidaridad. Aquí, por el contrario, buscamos al jefe de cajeros de Carulla para que le dé cumplimiento al aviso que reposa sobre el área de pagos y que dice: “prometemos habilitar una caja adicional cuando encuentre más de 3 clientes en la fila”. Y me incluyo dentro este grupo de revoltosos, que hace valer sus derechos y ha realizado este llamado al orden una y otra vez. Sólo que ahora me pregunto si, en realidad, este letrero hace parte de una estrategia de servicio al cliente o simplemente denota el afán en el que vivimos los habitantes de la capital.

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¿Estrategia de servicio al cliente o reflejo del apuro con el que vivimos los capitalinos?

Que los franceses pongan sus vehículos particulares a disposición de los demás compatriotas, a través de una página de internet denominada Covoiturage, es lo que aquí llamaríamos el intento frustrado de Petro. A la vez que los usuarios de este medio de transporte se ahorran un montón de dinero (mientras el tren cuesta €20, el carro vale €7), el propietario del vehículo recoge lo de varias tanqueadas y contribuye con el medio ambiente. Sin contar que sus ocupantes aprovechan el recorrido para intercambiar ideas y formular inquietudes como la que le plantearon a mi querida Liliana: ¿en tu ciudad natal existe este servicio? Cuando le pregunté qué había contestado, me dijo: “Ay Eve, si supieran que la primera vez que me subí, le pedí a mi hermana que anotara las placas como sí se tratara de un taxi en Bogotá”. Porque ‘rolo’ que se respete carga la desconfianza a cuestas.

Liliana, mi corresponsal en Francia, posó con su conductor elegido para la mañana del lunes.

Liliana, mi corresponsal en Francia, con el conductor con quien compartió el recorrido del pasado lunes.

Vecinos y amigos

Pero si hasta acá quedé atónita con lo que me contaba ella sobre las ocurrencias del Viejo Mundo, Carolina no se quedaba atrás con las del Nuevo. Que la vecina del 301 ubique en el sótano del parqueadero de un edificio de Porto Alegre una caja llena de limas (cítricos frescos, olorosos y coloridos) con un letrero que dice: “sírvanse todos”, resultaría bastante sospechoso en la sociedad capitalina, pero, por lo visto, no en la gaucha.

Mi amiga Carolina no pudo disimular el asombro y me mandó de inmediato una foto para que pudiera corroborarlo con mis propios ojos. Y no la juzgo. Vale recordar que, por lo general, en la capital colombiana los copropietarios de los conjuntos residenciales y edificios prefieren subir cinco pisos de escaleras o aguardar en el carro con la luz y el motor apagados antes de compartir el ascensor con el que vive justo en la puerta del frente. Es más, si acá se diera el caso, creo que lo máximo que dejaríamos en la caja serían limas para las uñas.

En Bogotá, en vez de poner limas para comer, pondríamos limas para las uñas

En Bogotá, en vez de poner limas para comer, dejaríamos limas para las uñas

Sé que las comparaciones son odiosas, inmensamente fastidiosas, pero a veces resultan necesarias para que nos pellizquemos y ocurra una transformación. Dos paisanas en el exterior me lo han hecho ver a través de sus anécdotas que, aparentemente, carecen de importancia para los nativos de estos países, pero que resultan tan llamativas para aquellos que vivimos sumergidos en el caos. Un caos creado por nosotros mismos y que nos impide apreciar los detalles simples de la vida, aquellos que llenan el alma y le dan sentido a la existencia. Un caos que nos esclaviza y nos hace víctimas del tiempo. Muy distinto a lo que sucede en estos rincones de la tierra, donde, según me cuentan mis amigas, la gente no conoce la prisa y sí la cultura ciudadana, que, si no lo proponemos, puede llegar a ser un ejercicio muy ‘kool’.

Cumplidos ya nueve meses de su estadía en Francia, Liliana ya es toda una experta a la hora de programar el Covoiturage. Lo toma los lunes y los miércoles e incluso, a veces, es la única pasajera. Cuando va sola, no puede evitar cerrar los ojos e imaginar que está en su querida Bogotá, disfrutando de la compañía de un compatriota que la está llevando de regreso a reencontrarse con su mamá y su esposo. Todo esto, porque ella sueña despierta con el día en que pueda responderles a los franceses: “Si, en mi ciudad también contamos con este servicio; solo que no es pago, sino voluntario”. Ahora sí, tras una larga noche en vela, me voy a dormir con la firme convicción de que los sueños se hacen realidad.

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4 comentarios en “¡Kool-tura señores!

  1. Muy buena, esta historia . aqui en nustra querida patria algundia lo lograremos, si no lo vemos nosotros lo veran las futuras generaciones..

  2. Te voy a contar la que me paso hace 15 con enrique en un Ecolodge en ecuador: llegamos a un lugar llamado Chugchilan, cerca de las 11 de la noche, despues de 3 horas de recorrido, en el que durante ele el trayecto nnos habian estado monitoreando desde el hotel para saber que ibamos por buen camino; despues de pasar la noche alli con un paisaje infinitamente hermoso de los Andes al despertarnos (en la noche no se veia ni a 3 metros, nos pusimos a hablar con Edmundo (el dueño) y entre las cosas que me causaron asombro es que el husped puede disponer de los alimentos, las bebidas, los suveniers sin necesidad de contar con ayuda, pues solo debe informar al dejar el hotel lo que consumio o lo que adquirio para llevar. Yo solo pensaba 2 cosas:
    1. Que si yo (Colombiana-Bogotana) fuera la dueña, estaría pendiente de cuidar mis igresos y de que ningún husped se vaya sin pagar, es decir esa metodlogia de extrema confianza en la honestidad del dueño no la aplicaria ni muerta.
    2. Que si eso se puediera hacer en Colombia significaria que nuestra sociedad estaría volviendo a recuperar ese valor tan perdido denominado “la palabra”.
    En conclusion una sociedad menos contaminada del agitado vivir Bogotano, menos contaminada de la inseguridad y la desconfiaza, es la que sueño para la ciudad que me vio nacer y la que hoy recuerdo, tristemente, sin ganas de volver.

    • Gracias por compartir esta maravillosa anécdota. Sin duda, él le da este voto de confianza a sus huéspedes, porque sabe de la cultura sin vicios de la que vienen. Siendo vecinos de Ecuador, tenemos mucho que aprenderle a este país encantador, que esperamos, pronto, se convierta en nuestro espejo.

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