¡Namasté!

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Mónica, mi profesora de Bikram Yoga, haciendo una de las 26 posturas que involucra esta práctica

Mónica es la voz de mi conciencia. Esa que me habla cuando estoy a punto de darme por vencida en medio de una postura de equilibro, en la que las piernas tiemblan, el corazón se agita y las plantas de los pies duelen.

La oigo atenta mientras practico mis 90 minutos de Bikram Yoga cada día de por medio. Es instructora hace un año, pero demuestra la experiencia de una milenaria. Cuando mi mente está por irse del salón, su tono vuelve a traerme de inmediato y me hace recordar que no puedo perder ni un segundo de mi práctica.

Evito mirarla, primero, porque no se acostumbra a observar al maestro para no perder el foco ni distraer la mente. El único en el que está permitido fijar la atención es el espejo. Segundo, porque sé que, al primer contacto con sus ojos, estos me dirán: “dale más duro que tú puedes”.

Ella siempre me exige más, a la vez que me da una mano en las posturas que más me cuestan. En la del conejo, por ejemplo, en la que no alcanzo a agarrar mis talones, ella siempre acude a mi rescate, toma mis muñecas de manera firme y despliega toda su fuerza para que yo pueda estirarme hasta el máximo nivel.

Así de rozagante termino después de 90 minutos

Así de rozagante termino después de 90 minutos.

Me hace sudar la gota gorda y, al final de la práctica, siempre me pregunta con total tranquilidad: Eve ¿y cómo te sentiste hoy? Mi respuesta en todas las ocasiones es la misma: “Exhausta”. Ese siempre es el inicio de la conversación que sostenemos cada vez que nos cruzamos en los vestidores.

La energía entre las dos es especial. De hecho, a veces coincidimos en duchas contiguas y charlamos mientras nos quitamos el sudor que producen los 40 grados de temperatura. Aún luego de quedar como nuevas y recobrar el aroma natural, seguimos hablando hasta que el reloj nos recuerda que es hora de continuar la jornada.

Lo increíble es que, a pesar de nuestras extensas tertulias, sé muy poco de su vida. Tan sólo que sale con un chico y está enamorada; que vive en La Calera; que tiene 30 años; que su progenitora también práctica yoga; que sufre tanto como yo con las canas; y que es madre de Tomás, quien llegó a su vida cuando cursaba la mitad de la carrera, lo que la obligó a dejar de lado los libros por un tiempo. Ah, también que es psicorrígida y, al igual que yo, debe guardar completos los datos de los contactos en el celular (nombre, cargo, móvil y fijo, correo, etc.), de lo contrario puede colapsar.

Noticia inesperada

Ni siquiera conozco su apellido ni su lugar de nacimiento. Sólo sé que ha sido parte fundamental en mi desarrollo físico y mental. Lo que nunca imaginé es que el sentimiento fuera mutuo. Hoy, cuando llegó el momento de renovar mi afiliación, ella se encontraba a mi lado y al ver que sólo tomaría dos meses más de clase, me dijo: “Eve y ¿no vas a aprovechar la promoción del semestre completo?”.

Cuando le revelé mis planes de irme a vivir fuera de Bogotá a partir de la segunda mitad del año, no pudo ocultar la tristeza. Sus ojos se llenaron de lágrimas y mi alma de angustia. Estábamos a punto de ingresar al salón y había poco tiempo para que recobrara la buena energía y la sonrisa cálida, que la caracterizan.

Opté por repetirle lo que había leído tiempo atrás en mi libro de consulta permanente, más exactamente en mi bitácora de vida, como lo llamo yo: “Siempre habrá dos formas de ver lo que nos pasa. Hoy, tú tienes la posibilidad de concebir mi partida como una tragedia, o, si prefieres, como la oportunidad de tener posada en Cartagena”. No pudo evitar la risa, así como tampoco darme un abrazo, que me dejó sin aire, tal y como cuando me sujeta sin piedad en las posturas.

En medio de una de nuestras tantas charlas en los lockers del estudio

En medio de una de nuestras tantas charlas en los lockers del estudio

Siempre vi a Mónica como una mujer templada y de carácter fuerte hasta ese día, en el que supe que es tan frágil como su menuda silueta. Y le agradezco que me haya permitido descubrirlo, pues pude entender que hay amigos de los que, quizás no sepamos su apellido, pero que diariamente nos regalan grandes lecciones. La de hoy: que, a veces, vamos por la vida tocando corazones sin siquiera darnos cuenta y que el impacto de nuestras acciones -positivas o negativas- tiene repercusiones. Por eso, nada mejor que poner en práctica la reflexión que nos regaló hace un tiempo esta maestra de Bikram al finalizar la clase: “recuerden que los yoguis no sólo mantienen el equilibrio dentro del salón, sino también fuera de él”.

Por eso, cuando llegue el momento de partir, me posaré frente a ella y haciendo la venía con las palmas unidas, pronunciaré la palabra corta, sagrada y poderosa que ella nos deja cada día al culminar la práctica: “Namasté”. Sin duda, la mejor despedida.

6 comentarios en “¡Namasté!

    • Más voy a extrañar yo esos 90 minutos de practica. Los únicos del día que dedico 100% para mi. Reencontrarme con este espacio será una de mis grandes motivaciones para visitar Bogotá cada vez que pueda.

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