Locademia de conducción

Siempre soy la última en salir de mi clase de yoga. Me desacaloro, tomo medias nueves, me aplico exfoliante en la ducha, me visto, me perfumo y hasta me hago el blower. Hoy, en particular, hice bastante roña, pues adicionalmente me tomé el tiempo para responder algunos correos. Con decirles que la persona que salió antes que yo lo hizo con 20 minutos de diferencia.

Nunca la había visto. Si los cálculos no me fallan, podría rondar los 45 años y su figura me decía que podría ser madre de dos o más hijos. Era alta, de pelo oscuro y rizado, tez blanca y abundantes pecas en el rostro. Llamó mi atención porque vestía un traje de lycra de dos piezas con flores coloridas, muy coloridas. Creo que era nueva y no sólo en la práctica de Bikram, sino también en la de enfrentarse a un volante.

Pese a mi tardanza en el vestier, cuando por fin salí, la vi subida en su carro, con cara de preocupación y ganas de decirme algo. No pudo contenerse y fue entonces cuando pronunció la siguiente frase: “Ayuda por favor”. Me inquieté, en especial por su rostro, que denotaba una alta dosis de miedo y angustia.

Morral, cartera y mat salieron a volar ante el llamado de mi compañera de yoga

Morral, cartera y mat salieron a volar ante el llamado de mi compañera de yoga

Pensé que la habían robado, por lo que de inmediato arrojé mi cartera, el morral con mi ropa y el mat sobre el césped. Salí a su rescate. Cuando me acerqué a la ventanilla de su automóvil, que estaba entre abierta, me dijo: “llevo más de 15 minutos parqueada acá fuera, muerta del pánico, porque hasta ahora estoy aprendiendo a manejar y no sé cómo sacar el carro de este hueco donde lo metí. Me da angustia estrellar al de adelante, porque lo tengo muy pegado y no sé cómo echar reversa con el freno de mano para que no se me ruede”.

Descansé al ver que no era nada grave y creo que ella también sintió un gran alivio al haberme encontrado en su camino y haberme revelado su gran temor. Esta mujer estaba en buenas manos. Si para algo soy hábil en la vida es para estar al frente de un timón. Tuve grandes maestros (mi papá fue el mejor) y largas jornadas de práctica diarias desde la Universidad de la Sabana (Chía) hasta el barrio Chicó y viceversa. A lo que se suma el ingrediente más importante cuando de conducir se trata: la seguridad, modestia aparte. Aunque debo confesar que muy dentro de mí existía una leve duda acerca de si mis destrezas con la caja mecánica seguían intactas o podían haberse visto deterioradas por el uso de la automática durante los últimos tiempos.

Instructora por un día

Le pregunté si prefería que le explicara cómo hacerlo o si lo hacía yo por ella. No alcancé a terminar la frase cuando esta aprendiz de conducción ya se encontraba fuera del vehículo. Teniendo clara su respuesta, me subí, bajé el vidrio del piloto por completo y le pedí que me observara para que ella pudiera hacerlo después. Una vez realizada la maniobra, le di la vuelta al carro en la calle cerrada y se lo dejé listo para salir, de modo que ella pudiera avanzar sin más tropiezos. Suficiente con el susto que ya había pasado hasta ese momento.

Vía cerrada

Vía cerrada y altamente transitada por el valet parking de la zona G

Fue entonces cuando pensé: “esta mujer es mucha macha”, pues tuvo el valor de sacar el auto de su casa para llevarlo a la clase, donde realmente es una hazaña parquear por la estrechez de la calle y la cantidad de automóviles que la transitan. Pese a que yo tenía una cita en el banco y éste estaba próximo a cerrar, mi voz interior habló y lo hizo de manera contundente, de modo que la oyera sí o sí. Me dijo: “Evelyn si vas a hacer el favor, hazlo bien o no lo hagas”. Entendí el mensaje.

Me dirigí a ella con la siguiente frase: “¿quieres que vayamos a dar una vuelta para que practiques?”. Sorprendida con mi propuesta, vaciló por un instante, pero no tardó en acceder. El destino de nuestra travesía: los cerros de Chapinero. No sólo estaban a pocas cuadras, sino también eran perfectos para parar y arrancar con el freno de mano, gracias a sus inclinadas pendientes.

Lo hicimos una y otra vez. No podía creer que yo estuviera en esas cuando siempre había pensado que era la persona menos indicada para enseñar en este planeta y, en especial, a manejar, por lo pésima copiloto que resulto. Otro cuento más que me había metido en la cabeza. Así cómo el de que no sabía cocinar o era mala para los temas contables.

Una vez más el destino desenmascaraba mis creencias y me ponía a prueba. El resultado fue maravilloso. Ser testigo de los avances de mi discípula con el paso de los minutos me llevaba a seguir ahí, desarrollando la paciencia, la prudencia y la compasión, tres lecciones que por derecha me ha correspondido aprender en esta experiencia de vida.

Ambas pasamos el examen y, al final, nos dimos un abrazo, seguido por unas sentidas felicitaciones de mi parte. El banco, por supuesto, lo cerraron. Pero, a cambio, abrí las puertas del aprendizaje y dejé en esta mujer, un legado para siempre. Hoy la veo llegar al estudio de yoga, parquear y ganarle la batalla a la cabrilla. Siempre, con una sonrisa de gratitud hacia su maestra y no precisamente de Bikram, sino de conducción.

Este fue el vehículo en el que me gradué como instructora de conducción

Este fue el vehículo en el que me gradué como instructora de conducción

5 comentarios en “Locademia de conducción

    • Muy ciertas tus palabras. Y como me los has dicho siempre, pude comprobar que no sólo el discípulo aprende del maestro, sino también este último recoge valiosas enseñanzas del primero.

  1. Yo soy igual a ella, la entiendo muy bien.. Me da mucho miedo manejar y tengo pase jajaj. Eres un ángel, cuándo puedes ayudarme a que se me quite mi miedo?? jaja

    Un abrazo

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