Línea continua

No sé el punto exacto de la carretera donde me encontraba. Sólo sé que los platanales ya hacían su aparición, los pobladores que caminaban por la vía iban ligeros de ropa, los puestos de bocadillos, naranjas y achiras se hacían cada vez más frecuentes y el inconfundible aroma de la vegetación de clima cálido se colaba por mi ventana para recordarme que estaba próxima a mi destino: Guaduas (Cundinamarca).

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Para un almuerzo paisa bien trancado, un café de olleta bien cargado

Acababa de almorzar. Delicioso, por cierto. Cazuela de frijoles, arepa con queso, chorizo antioqueño y medio aguacate, que, más bien parecía uno entero; gigante, como los que se cultivan en esta zona. Para el cierre, un café de olleta bien cargado, que me permitiera estar alerta durante lo que restaba del camino. En pocas palabras, un menú propio de rimulero, como me dijo un amigo cuando le mandé la foto del manjar que me estaba dando.  

Iba plácida, con buena música y a buen ritmo hasta que me topé con una interminable fila de tractomulas. La velocidad disminuyó y la polución aumentó. No recuerdo haber tragado tanto humo negro y mal oliente en toda mi existencia. Al punto de que me vi obligada a subir las ventanas, que, en un principio, iban todas abajo.

Era viernes de puente y la restricción para estos vehículos no empezaba aún. Luego de 20 minutos de ser la sombra de uno que decía “Peligro. Carga altamente inflamable”, decidí adelantar. Conté con suerte, pues no sólo rebasé este primer obstáculo, sino también una flota de Copetran que lo anteponía.

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La maniobra, al mejor estilo Montoya, me salió cara

Me sentí feliz. Mi segundo viaje por carretera, yendo yo al volante, y ya estaba casi lista para competirle a Montoya. Saqué pecho y oprimí el acelerador al máximo nivel para recuperar el tiempo perdido. A los pocos metros, un destello verde fosforescente encandelilló mis ojos. No se trataba de un loro, ni tampoco de una iguana, sino del chaleco de un agente de policía, que, más bien, parecía un lobo feroz a la espera de cazar a su presa.

Me hizo el pare y, yo inocente, casi olvidando la audaz maniobra que acababa de hacer al volante, me vi sorprendida. De hecho, casi paso de largo, como si no se tratara de mi. Pero, ya cuando le iba a echar el carro por encima, él me hizo señas claras de que me orillara. No había dudas. El asunto era conmigo.

Me adelanté a sacar rápidamente lo papeles de la guantera, de modo que cuando llegara a mi ventana ya se los tuviera todos listos y pudiera librarme de él cuanto antes. Tan pronto vio mi licencia de conducción, se dirigió a mi diciendo: ¿Y por qué tanto afán doña Evelyn? ¿Acaso la están esperando? ¿Se dio cuenta de que hizo un sobre paso en curva y línea continua? Evité mirarlo para liberarlo de cualquier mal de ojo, pero bastó este listado de inquietudes, su tono de voz y la palabra amor, por la que reemplazó mi nombre pasados unos segundos, para que me diera urticaria. Soy alérgica a los policías y en la receta que me formularon está hacerles el quite al máximo. Así, que para no darle más largas al asunto, ignoré sus preguntas, así como sus piropos, y sólo atiene a decir: “póngame el parte”. Tres palabras y listo.

Sin marcha atrás 

Se hizo a un lado, rabioso. Y se tomó todo el tiempo del mundo para escribir en su libreta. Mientras tanto, yo le subí el volumen al radio y me puse a cantar. Recuerdo que estaba sonando “El preso”, de Fruko y sus Tesos. Ni mandada a hacer.

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La línea interrumpida entre Villeta y Guaduas brilla por su ausencia

Cuando regresó, le pedí que me mostrara que el código de la multa sí correspondía a la infracción cometida y, una vez lo corroboré, le di las gracias y me fui. Un gracias golpeado, por supuesto. Estaba iracunda. Por un lado, conmigo misma y, por el otro, con los encargados de diseñar las vías, a quienes no se les ocurrió poner una línea interrumpida en todo el trayecto de Villeta a Guaduas. Como quien dice no hay más opción que aguantarse los 33,4 km. a paso de tortuga, absorbiendo todos los residuos que desprenden los exostos de estos monstruos de la vía y duplicando el tiempo de 45 a 90 minutos.

Tan pronto llegué a Guaduas le hice el reclamo a otro agente de tránsito con el que me encontré y su respuesta fue: “pues sí quiere párese usted en Villeta y yo me paro acá en Guaduas y halamos la línea continúa para que se quiebre en varias partes”. Flojo el chiste del uniformado. Pero, aunque no resolvió mi inquietud sobre el audaz diseño de la vía, sí me sacó de la duda de dónde tenía que hacer el curso para obtener el descuento del 50%, pues había quienes me decían que debía ser en el municipio donde me habían puesto el comparendo y otros me aseguraban que era posible tomarlo en Bogotá. La respuesta correcta era esta última, debido a que el mismo había sido impuesto en Cundinamarca.

Luego de disfrutar el puente festivo en la tierra de La Pola, tomarme unas cuantas ‘polas’ en honor a ella y olvidar por unos días mi cuenta pendiente con el ente encargado, volví a Bogotá. Como era obvio, el regreso fue en calma, con la mínima de velocidad y siempre custodiada por la bendita línea continua.

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Don Héctor se dejó tentar por los brazos de Morfeo durante el curso

Resignada, madrugué el martes y me dirigí al módulo amarillo del Terminal de Transportes, donde volvería a las aulas. Esta vez para refrescar las normas de tránsito. Fui la última en ingresar al salón y la única mujer en un grupo de 19 asistentes. No pude evitar sentir vergüenza por dejar a mi género tan mal parado. Aunque me moría por pedir disculpas públicas en FB, preferí guardar el celular en la cartera y estar atenta a la charla, dictada por la otra mujer del recinto. Debo decir que aprendí y mucho. Aunque no a todos les pasó lo mismo. Don Héctor, conductor de un bus de servicio público, fue arrullado por las señales de pare y ceda el paso. Y se perdió de la estadística más alarmante que nos dio la profe durante toda la charla: cada 85 minutos muere en Colombia una persona por un accidente vial.

Fue bueno repasar el Código Nacional de Tránsito, recibir mi certificado de graduación y, claro, obtener el descuento, que me salvó de pagar $616.000. Pero, lo mejor de esta experiencia fue entender que la línea de la vía es muy parecida a la línea de la vida. En ella también nos topamos con situaciones que nos demandan actuar sin apuros y con prudencia, cumplir con ciertas normas que nos impiden rebasar los límites con otras personas y hasta toparnos con seres, como el del chaleco verde, que no son de nuestros afectos, pero a los que tenemos que respetar y de los que muy seguramente podemos sacar algo positivo. Así, con la lección aprendida, me alisto para mi próximo viaje, convencida de que esta vez ya no le competiré a Montoya.

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La prueba de que me gradué con honores

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2 comentarios en “Línea continua

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