En los zapatos del otro

Su melena roja lo dice todo. Irreverente, contestataria, audaz en sus respuestas y con un don de liderazgo que salta a la vista. Así es Linda Dayana, nombre que hace honor a su belleza. Una belleza que se negó a mostrar cuando le pedí que posara para la cámara. De inmediato se dio vuelta y prefirió ocultarse, tal y como lo hace cada vez que viste el pasamontañas con el que pelea por los derechos de los estudiantes.

3Ella prefiere el anonimato, las papas bomba y las riñas contra el ESMAD a la hora de llamar la atención de los medios de comunicación y del Gobierno nacional. Esto generó que durante los seis años que llevo viviendo en La Macarena, justo al frente de la Universidad Distrital, ella se convirtiera en mi adversaria. Siempre estuve del otro lado, detrás de las rejas de mi edificio mientras ella se resguardaba detrás de las de su recinto educativo.

Ella en el Oriente y yo en el Occidente, siempre observando desde mi ventana cómo destruían las instalaciones de su lugar de estudio, bloqueaban la Av. Circunvalar, además de que la dejaban llena de escombros, y sostenían una guerra contra la policía que duraba a veces hasta cinco horas. Durante este tiempo los habitantes del barrio debíamos atrincherarnos en la alcoba más lejana del conflicto mientras soportábamos el intenso olor de los gases lacrimógenos, así como los estremecedores estruendos de los artefactos explosivos, que estallaban a pocos metros de nuestros conjuntos y que alguna vez cobraron como víctimas a dos perros, que quedaron mutilados y por los que su dueño lloraba desconsolado mientras los cargaba en brazos para resguardarlos del campo minado.

Siempre los cuestionaba y me preguntaba si lograban algo a cambio de esta batalla campal. Les criticaba el modo más no la causa, de la que conocía más bien poco. Hoy, por casualidades del destino, tuve de frente a mi contrincante y donde menos lo imaginé: en una cabina de internet. Mientras ella imprimía tres juegos de su hoja de vida, yo fotocopiaba los soportes para la declaración de renta. Increíble contraste, pensaba. Me decidí a hablarle y preguntarle a qué se debía el paro en el que andaba sumida la universidad desde hace más de dos meses. No hubo necesidad de que me explicara que ella hacía parte del movimiento. Su talante al hablar y su fervor hacia la causa me lo dejaron claro.

“No cumplen con el programa académico que ofrecen; reciben dinero del Gobierno, que se desvía para otras causas y pocas veces beneficia a los estudiantes; nos prometen unas instalaciones dignas y lo que hacen es desarticular a todo el alumnado y mandarlo a edificios abandonados que arriendan por pocos pesos en diferentes sectores de la ciudad; reforman los estatutos académicos siempre a favor de ellos; buscan fusionar unas facultades con otras; les niegan a los tecnólogos la posibilidad de acceder a un título universitario; y, para rematar, hay déficit de profesores”, mencionó indignada Linda.

Parecía que la lista no acababa y, tal vez, sólo hasta ese momento entendí a los que estaban del otro lado de mi reja. Y era lógico, pues yo había estudiado en una de las mejores universidades privadas del país, donde gozaba de todas las comodidades, por no decir lujos, que cualquiera pudiera soñar.

Los cerros de la discordia 

La situación me quedó aún más clara cuando esta líder estudiantil agregó con cierto tono de resentimiento: “es que además nosotros pagamos por esto. No será mucho, pero pagamos y tenemos derecho a exigir calidad. Nosotros no tenemos rutas como en esa universidad de ricos que queda en la Circunvalar (se refería al Politécnico). A mí y a mis compañeros no toca subir a pata esta montaña todos los días y llegar a clase como podamos. A algunos desde la séptima y a muchos otros desde la Caracas”. Y yo que tuve la fortuna de llegar los cinco años en carro, me decía para mis adentros.

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¿Remodelación o desolación? Así luce hoy la U. Distrital de La Macarena

De ahí nace la irá por el que tiene más, la impotencia y la frustración, que tiene sumido a este país en la desigualdad. Nadie tiene la culpa de ser rico ni pobre. Pero, lo cierto, es que si el Estado actuara con mano limpia, las brechas se reducirían y Linda Dayana no me respondería: “pues muy de malas los que viven cerca de la universidad y se tienen que aguantar esta disputa contra el ESMAD. Nosotros no tenemos la culpa de que la sede esté ubicada por ese lado”. Esto, frente a mi pregunta de si no le parecía que dicho conflicto tenía un impacto social en los vecinos.

Lo increíble de esta historia es que hoy los extrañamos. En estos casi tres meses de paro, el barrio no es lo mismo sin ellos. Hacen falta la sangre joven, el bullicio de sus guitarras durante los recesos, sus coloridos y extravagantes atuendos, las cabelleras largas de los hombres, que nos trasladaban a la década de los 60, y las interminables filas en la pizzería de la esquina de la carrera 4 con calle 26A. Ya no es lo mismo levantarme, abrir la cortina y ver el campus desolado, lleno de escombros, que esta vez no son producto de la guerra, sino de la corrupción, que, a fin de cuentas, viene a ser lo mismo. Escombros, resultado de una remodelación, que está por verse, pues lo único que yo percibo desde mi ventana son cercas de lata plateadas y montañas de tierra abandonadas.

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En el negocio de Fernando el 80% de la clientela, integrada por los estudiantes, hoy brilla por su ausencia

Y si yo los echo de menos, ni se diga de los negocios que vivían de ellos. Fernando, el propietario de la cabina donde precisamente se dio nuestro encuentro, me contó que ya dos de sus colegas habían tenido que cerrar sus puertas y que el de la panadería de la esquina se había ido a la quiebra con lágrimas en los ojos. Él, por su parte, había tenido que vender su automóvil y endeudarse con los bancos, pues las ventas se habían ido a pique. Mientras en un día normal facturaba casi $400.000, hoy la cifra no alcanza los $80.000. A él lo ha salvado que su esposa tiene un ingreso adicional y que el local es la misma casa donde viven. De lo contrario, hoy sus dos hijas no solo llorarían el carro que se fue y en el que iban a dar la vuelta los domingos, sino también el techo que les ha dado para vivir durante los últimos 13 años.

Regresen pronto, alumnos de la Distrital. La Macarena los quiere de vuelta o, por lo menos, yo, pues entendí que si hoy estuviera en sus zapatos, seguramente sería una Linda Dayana, en especial, por mi espíritu revolucionario, que no descansa y por el que todos me conocen de sobra.

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