¡Me tumbaron!

No fue en un andén mientras caminaba, ni en el carro. Tampoco en el banco, ni en Transmilenio y mucho menos en la panadería del barrio cuando me dieron las vueltas. No fue un habitante de la calle ni una banda de atracadores profesionales. Fue en mi propia casa y en mis propias narices. El ladrón: el empleado de una empresa, debidamente identificado con todas sus escarapelas e, incluso, con facturas membreteadas de la compañía que representaba.

Era un jueves, como cualquier otro. La empleada se encontraba haciendo el aseo general del apartamento cuando de repente la aspiradora sacó la mano. La hurgamos por todos lados, le movimos cuanto botón tenía, le limpiamos el filtro, la conectamos en otra toma de luz, en fin, hicimos todo lo que estaba al alcance de dos mujeres indefensas, sin mayores conocimientos técnicos en la materia. Sin embargo, todos nuestros intentos resultaron fallidos.

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De inmediato empacamos el aparato en una bolsa de basura y la echamos en el baúl del carro, optimistas de que en los siguientes días se me atravesaría en el camino un centro especializado en el mantenimiento y la reparación de este tipo de electrodomésticos. Pasó una semana y esto no sucedió. Mientras tanto la empleada me reclamaba la falta que le hacia su fiel aliada cada vez que iba a limpiar.

Para evitarme una semana más de cantaleta, se me ocurrió mirar en internet. La buena noticia es que no sólo encontré un amplio listado de empresas que se dedicaban a esta labor, sino que muchas de ellas ofrecían el servicio a domicilio. No lo pensé ni por un momento. Llamé a la primera que arrojaba Dr. Google. El señor que me atendió supo cautivarme con su servicio amable, oportuno y diligente. De hecho, siendo las 2:00 p.m., me dijo que me enviaría a un técnico de inmediato. Me dio su nombre y me indicó que llegaría en una hora. Lo dudé. Como decía mi papá: “de eso tan bueno no dan tanto”. Sin embargo, saqué la aspiradora del carro para tenerla lista.

A las 3:00 p.m. timbró el citófono. Era él. No podía creer tanta maravilla. Se identificó como Raúl Pachón, nombre que de hecho me causó mucha curiosidad y hasta risa, pues me recordó a un antiguo novio de mi hermana de la adolescencia; de esos amores tormentosos, por los que uno llora sin remedio al creer que va a ser el primero y el último que llegará a nuestras vidas.

Muy formal, me saludó y se dispuso de inmediato a revisar la aspiradora. Lo increíble de la historia es que no hizo nada distinto a lo que nosotras ya habíamos intentado con anterioridad pese a que él venía armado con una gigantesca caja de herramientas, que, por cierto, nunca usó. Ni siquiera la abrió. El diagnóstico: la tarjeta interna estaba dañada y había que reemplazarla, por lo que tendría que llevársela para la planta. Accedí sin problema, pues me pareció lógica la explicación. Además, quien antes me había atendido telefónicamente, me había advertido que esa era una posibilidad.

Indio comido, indio desaparecido 

Luego de llevarse a la boca un tinto y un ponqué Gala que le ofrecí y de empacar nuevamente el aparato en la bolsa, junto con todos sus accesorios, me pidió que le abonará el 50% del arreglo, que correspondía a $100.000. Le manifesté que me parecía costoso, pues con esa plata podía comprarme una aspiradora nueva. Enfático respondió: “¿cómo se le ocurre doña Evelyn? ¿Acaso no ha visto que están por las nubes?” Con plena seguridad agregó: “una como esta no le baja de $500.000”.

Ingenua, mala ama de casa y desinformada de los precios del mercado, creí en su palabra. Como que de nada me había servido ser fiel televidente de “El precio es correcto”, uno de mis programas favoritos. Se marchó con el dinero, asegurándome que al día siguiente, a la misma hora, me la traería de vuelta. Me fui de puente festivo y me olvidé por completo del asunto. Si bien noté que no se habían comunicado conmigo, imaginé que lo harían el martes próximo. Con el mundial de fútbol y el partido de Colombia que se avecinaba, todos debían andar de fiesta, pensé.

Sin embargo, a mi regreso, nada ocurrió. Ingresé de nuevo a la página web y me comuniqué con el número telefónico que aparecía allí. Sólo que esta vez noté que el dominio no correspondía al nombre de la empresa. La cosa me empezó a oler mal. Pero, no quise ser desconfiada. De hecho, me tranquilicé cuando el mismo señor amable de la primera vez respondió el teléfono y me prometió que me programaría de primeras en el recorrido del día siguiente, de modo que pudiera tener mi aspiradora muy temprano en la mañana.

Ahora que analizo bien la página, sí se ve medio 'pirata'

Ahora que analizo bien la página, sí se ve medio ‘pirata’

Nunca más volví a saber del simpático personaje que atendía las llamadas y tampoco de Raúl, si es que ese era su verdadero nombre. En aquel número telefónico no volvieron a contestar  y cuando ensayé con los que aparecían en la factura que me habían entregado (diferentes a los del sitio web), en efecto respondieron de una empresa de servicio técnico que tenía el mismo nombre, pero en la que únicamente arreglaban calentadores y no tenían dentro de su nómina a nadie de apellido Pachón.

Me negaba a creer que me habían tumbado. Me resultaba inverosímil que alguien creara toda esa pantalla para robarse una aspiradora y $100.000. Fue, entonces, cuando me dirigí hacia la dirección que aparecía en el recibo de pago. Quería llevar el asunto hasta sus últimas consecuencias. ¿Y qué me encontré? Que tal nomenclatura era tan falsa como el papel que me habían dado. Tres preguntas invadieron mi mente en ese instante: a cuántos más como yo le habrán arrancado el 50% del arreglo, cuánto suma eso al mes y entre cuántos se reparten el botín.

Seguí llamando durante los próximo 15 días hasta que me resigné a que tendría que comprar una nueva o, de lo contrario, me las tendría que ver con la empleada y, por supuesto, con la alergia que me produce el polvo. Gran sorpresa la que me llevé cuando llegué al almacén: había aspiradoras desde $99.000 y la más costosa -de última tecnología y con todos los juguetes- no superaba los $310.000. Todo, por cuenta de ponerle más atención a Iván Lalinde y a los trillizos, que al juego de “El precio es correcto” ¡Lección aprendida!

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