Mujeres Maravilla

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La reunión empezó con un ejercicio de memoria. Éramos 22 asistentes ubicados en una medialuna y, por directriz de la psiquiatra, cada uno debía decir su nombre, sumado a los de las personas que estaban sentadas antes. Fue entonces cuando pensé: “¿quién me mandó a hacerme en la esquina, justo de últimas? Ahora tendré que poner a funcionar mis neuronas al máximo”. Por fortuna, pasé la prueba y sin una sola baja, lo que me dejó tranquila.

Era mi primera vez en un grupo de apoyo. Siempre había oído de ellos cuando se hacía referencia a A.A. y pare de contar. Esta vez se trataba de una sesión para familiares de pacientes con enfermedades mentales (demencia, depresión, Alzheimer, etc.), a la que había sido invitada. Como en cualquier otra reunión de este tipo, sus miembros acuden en busca de orientación profesional, de escapar por un momento de su cruel realidad y, por supuesto, de contar sus penas para, al menos, por un instante aliviar su dolor.

La primera en tomarse la palabra fue María, quien no recuerda haber visto nunca a su mamá en sus cinco sentidos, pues desde que ella tenía cuatro años, su progenitora desencadenó una depresión post parto, a raíz de su segundo embarazo. Hoy, a sus 90 años, la enfermedad aún permanece a su lado. Pero no ha sido la única. La prima de María padeció lo mismo luego de tener a su primer hijo. Sólo que ella no la soportó y se lanzó desde un décimo piso, despidiéndose para siempre de este mundo.

Esta enfermedad ha acompañado a la familia por siempre y María, de 67 años, cree no salvarse de ella tampoco. A la vez que es cuidadora de su madre, también es paciente, puesto que estar pendiente de quien la trajo al mundo durante 24 horas al día, siete días a la semana, la ha puesto al límite, al punto de tener que ser medicada. No tiene dinero para internar a su familiar en un centro especializado, por lo que debe lidiar con situaciones tan penosas como que las personas extrañas que ingresan a la casa sean atacadas bruscamente por su madre. El arma mortal: los cojines de la sala.

La siguiente en contar su historia fue Libia, quien tuvo que abandonar por completo la vida activa que llevaba, para hacerse cargo de su padre. Es hija única y vive de la caridad de los demás familiares que aportan mensualmente para que ambos puedan tener una vida medianamente digna. “Siempre trabajé, viví sola y viaje por donde quise hasta que él desarrolló un cuadro de demencia”, relata esta mujer de 62 años. Al parecer, la enfermedad se activó cuando perdió a su esposa en un accidente. Nunca lo pudo superar y optó por desconectarse de la realidad. Cuando Libia lo descuida por un segundo, no vacila en salirse a la calle e, incluso, en los días de lluvia tiene la osadía de dar vueltas debajo del agua hasta caer rendido en el piso. La única manera de convencerlo para ingresar de nuevo a la vivienda es mostrándole un álbum repleto de fotos de la difunta.

En otro mundo 

La otra que vive fuera de la realidad es Luz Elena, quién se niega a creer que su madre está enferma y que ella atraviesa por un cuadro de depresión severa. Lloró y mucho. Pataleó y hasta incluso gritó mientras decía que, a pesar de que ambas habían sido diagnosticadas y medicadas, ella se negaba a seguir el tratamiento y tampoco sometería a su progenitora a tomar ese poco de medicamentos. “Nosotras no estamos locas”, repetía una y otra vez; una creencia del pasado, que increíblemente aún está presente en las sociedades modernas.

Y la encargada de cerrar la charla fue Raquel, quien desenfundó la ira y la frustración, sólo que no en contra de su madre, quien padece de Alzheimer, sino de su hermano. La lista de descargos fue bastante larga. “Ya olvidé cuándo fueron las últimas vacaciones que tuve sin llevar a mi mamá conmigo o el domingo en que pude salir con alguien diferente a ella. Cuando me divorcié, mi hermano asumió que el cuidado de mi madre quedaba en mis manos, pues él tiene su familia. Desde ese momento dejé de vivir mi vida para vivir una prestada”, alegó esta mujer de no más de 52 años.

Según Raquel, él nunca está presente para que ella pueda darse un respiro. Y se lo hizo saber por primera vez ese día. Pues lo que ninguno de los asistentes sabíamos es que el único hombre presente en la sala era su hermano, quien se encontraba sentado justo a su lado, inerte, asombrado, mudo y avergonzado frente a esa dolorosa inconformidad, que ella había guardado por años. No cabía duda de que la presencia de Guillermo en dicha reunión no había sido por voluntad propia, sino porque Raquel lo había empujado a estar allí.

Ahora bien ¿quién tiene la culpa de que un pariente desarrolle una enfermedad de este tipo? Nadie. Pero sí somos responsables de cada hecho que ocurre en nuestras vidas, pues si está presente en ellas es porque nosotros lo hemos permitido e, incluso, lo hemos generado. Suena cruel, quizás tanto como la enfermedad. Pero el verdadero causante de nuestra realidad actual no está suelto en algún lado, sino atado en nuestro interior.

De ahí tal vez que de las 22 asistentes a este encuentro, 21 éramos del género femenino, lo que me llevó a hacerme la siguiente reflexión: ¿Será acaso que nuestra arraigada inclinación a creernos Mujeres Maravilla y el hecho de ponernos cargas, que nadie nos ha impuesto y que sólo nosotras suponemos, son los que nos tienen en este lugar? Quizás quitarnos la capa por un día nos ayudaría a entender que la enfermedad es una responsabilidad conjunta, que recae en aquello que la sociedad denominó “lazos de familia”. De nosotros depende usarlos para atarnos o para liberarnos.

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