Parando oreja

Adquirí la mala maña de escuchar conversaciones ajenas desde que mi amiga Carolina Escobar me introdujo en ese mundo luego de relatarme historias fantásticas que recogía en buses, cafeterías e, incluso, en el estadio como furibunda hincha de Santa Fe. Fue por ella que se me despertó la curiosidad y ahora no puedo evitarlo.

De ahí que el domingo pasado, cuando estaba almorzando en Usaquén, mis vecinos no hayan escapado de mi poderoso radar. Se trataba de padre e hija. Ella en plena adolescencia y él acabando de pisar los 50, época en la que las canas les aportan a los miembros del género masculino un interesante porte, al que habría que sumarle los mocasines de gamuza y el saco de rombos que vestía el personaje. No cabía duda de que eran de la alta sociedad capitalina y, además, fieles representantes del consumismo tecnológico.

Alienados por sus celulares, rara vez se dirigían la palabra. En algunos momentos daba la sensación de que se tratara de dos extraños compartiendo una mesa por simple conveniencia, lo que, a primera vista, llamó mi atención. De repente, él, sin despegar los ojos de su teléfono, se dirigió a ella con la siguiente frase: “tu mamá me está escribiendo y dice que el trancón para subir a La Calera está interminable. Que menos mal yo no fui, porque no lo hubiera soportado”. La joven sólo escuchó sin detenerse de escribir en su dispositivo móvil.

Supe de inmediato por esta frase que se trataba de un padre impaciente y, también, algo cascarrabias e inconforme con la vida; de aquellos que lucha contra el mundo exterior como si pudiese cambiarlo, pero que, muy pocas veces, dirige la mirada hacia el interior para ponerle remedio a lo que tanto le molesta. Imaginaba a su lado a una esposa desdichada, a la que le había puesto mil peros antes de emprender rumbo hacia dicha población y quien no había tenido más remedio que partir por su propia cuenta.

Hasta ese momento no había ningún contenido extraño en la charla. Lo peor estaba por venir unos segundos después cuando continuó diciendo: “Pero cómo no va a ver tráfico si La Calera es el destino de todos los pobres el fin de semana; de esos a los que el bolsillo no les da para viajar y les toca conformarse con visitar los alrededores de Bogotá. Es la parada obligada de la gentuza, porque así como hay restaurantes para personas como nosotros, hay piqueteaderos, donde la población promedio puede echarse en el pasto a sacarse las espinillas”. Y pongo comillas, porque juro no estar inventando ninguna de estas palabras salpicadas de odio y rencor, que me aseguré de grabar muy bien en mi memoria para luego plasmar en este escrito ¿De dónde salía tanto veneno? ¿No dicen acaso que son los menos favorecidos los que cargan todo el resentimiento contra la clase más pudiente de este país? ¿En qué momento la fórmula se había invertido?

Un sinnúmero de preguntas llegaron a mi mente mientras que mi corazón se veía inundado por la frustración y la irá. No sólo porque hago parte del grupo que adora tirarse en el prado a comer fritanga en un día soleado, sino en especial por la lección que estaba sembrando en su hija en ese momento. Una lección cargada de juicios, discriminación y creencias absurdas, que ella recibió con suma gracia.

Si ese es el amor de padres del que tanto se ufanan muchos, no quiero ni pensar en manos de quiénes están las generaciones futuras. Por lo visto, en las de aquellos que cargan una infinita riqueza en los bolsillos, pero que son víctimas de una enorme pobreza en el corazón. Porque como bien lo dice el viejo y conocido refrán: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”.

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2 comentarios en “Parando oreja

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