Se busca empleada doméstica

2Las despedidas suelen ser crueles y aterradoras. Pero en ocasiones resultan necesarias, pues son el inicio de una vida mejor para alguna de las partes o, quizás, para las dos. Y si alguien sabe de esto soy yo, ya que he tenido que decirle adiós a mi hermana, a mis sobrinos y a cinco de mis grandes amigos, que, por una u otra razón, han tenido que emigrar de este país. Sin decir las veces que he tenido que dejar ir a mis seres queridos, porque el de arriba decidió que había llegado el momento de que partieran hacia el otro mundo.

Pero la despedida de la semana pasada fue un tanto peculiar. Se trató de Angélica, mi empleada doméstica, quien llevaba trabajando conmigo un poco más de dos años. Durante este tiempo cruzamos muy pocas palabras, pues era joven, tímida (de las que se ponen rojas al hablar), insegura y reservada. Era de aquellas personas que se hacía la de la vista gorda frente a los asuntos internos del hogar y sólo se concentraba en hacer bien su trabajo. Ni siquiera amistad con los porteros entablaba, lo que ya es mucho decir. Leal, cómplice y dispuesta a satisfacer todos mis caprichos gastronómicos. Y, lo mejor, psicorígida como yo, lo que la convertía en la aliada perfecta a la hora de tener el apartamento como una tacita de té.

Pese a su silencio, alguna vez me enteré de que su esposo era bastante mayor que ella. Casi 30 años y que fue a parar con él luego de quedar embarazada y la echaran de su casa. No sólo le tuvo una, sino dos hijas, lo que la mantuvo atada por más de 10 años a ese hombre que la hacía completamente infeliz. Borracho, mujeriego, irresponsable… En fin, para qué gastarle más líneas a este sujeto, que, como tantos otros en nuestro país, se aprovechan de la ingenuidad de personas como Angélica, quienes viven sometidas a la desgracia a cambio de unos cuantos pesos.

Cuando empezó a trabajar, le puso todos los peros y algunas condiciones, como que los sábados no podría ausentarse de su casa por ningún motivo. Debía atenderlo, por supuesto. Que ella empezara su vida laboral significó una completa rebelión en su hogar. Pero, aún así, se le midió.

Dos años más tarde, creo que tuve mucho que ver con su partida, pues cada vez que podía le hacía el respectivo lavado de cerebro y aprovechaba para darle aliento, así como la seguridad de que ella podía salir adelante por su propia cuenta. Y se llegó el día en que siguió mi consejo. Pero todo el trabajo no lo hice yo sola. Este hombre se encargó de hacer la mayor parte al maltratarla física y psicológicamente, al tratar con indiferencia a sus dos pequeñas, al no cumplir con el arriendo -por destinar ese dinero para fines de entretenimiento (y no precisamente con ella)- y, de este modo, ponerlos al borde de la calle.

El día en que me dio la noticia, surgieron emociones encontradas. Por un lado, la tristeza al saber que partiría, pero, por el otro, la dicha de que la vida le estaba regalando una segunda oportunidad, que ella seriamente está dudando en darse. Dice que a los 28 años prefiere quedarse sola, que no quiere correr el riesgo de que una nueva pareja abuse de sus niñas y que el dolor del corazón no la dejaría volverse a enamorar. Seguramente lo hará, solo que no en el futuro cercano. Primero tendrá que sanar las heridas.

Con pie derecho 

Por ahora, se concentrará en trabajar. Para arrancar, su hermana le ayudó a conseguir un puesto en una fábrica de plásticos, donde deberá laborar como operaria de domingo a domingo. A veces en el turno de la mañana, otras en el de la tarde y unas cuantas más en el de la noche. No será fácil empezar, pero, sin duda, vale la pena el esfuerzo.

El último día que fue a mi casa a hacer el aseo lo hizo un sábado y por petición suya, lo que me dejó claro que el yugo de aquel hombre había terminado. Me sentí aliviada y quise tenerle un detalle de despedida, que le demostrara mi admiración por su valentía. Fui entonces a comprarle unos cup cakes, repletos de crema de chocolate para que se endulzara junto con sus dos pequeñas. Además, le escribí una carta en una esquela llena de color y con marcador morado. Me aseguré de que no hubiera negro por ningún lado, pues es así como quiero que vea su vida de ahora en adelante. Dentro del sobre, incluí un dinero, que pudiera darle una mano mientras recibía su primera quincena. También, adicioné una sentida carta de recomendación, esperando que le abriera muchas puertas y le diera un empujoncito para llegar lejos. En ella resaltaba todas sus bondades como persona y como empleada. Casi no acabo…

Todo se lo metí en una bolsa de regalo, que le entregué cuando le pagué el día. Sin mayor misterio, le dije: “Ahí le puse unos detallitos para que los mire cuando llegue a su casa”. Evidentemente no se aguantó. Diez minutos después de haberse despedido y haber cruzado la puerta, me timbró desde la portería. Cuando levanté el citófono, me sorprendió que no era el vigilante, sino ella. Le sentí la voz entrecortada y, como pudo, me dijo: “doña Evelyn ¿será que me puedo devolver?”. Le respondí afirmativamente, siempre creyendo que regresaba en busca de su camiseta, que había olvidado detrás de una puerta. Cuando abrí, se lanzó sobre mí y cargada de lágrimas en los ojos me agradeció por los detalles que había tenido con ella. Me dijo que me quería, que le dolía dejarme y que nunca nadie se había portado tan bien con ella. Pronto fuimos dos las magdalenas. Fue grato tenerla en mis brazos por tiempo prolongado mientras le hablaba al oído diciéndole lo bien que le iría y ratificándole la buena decisión que había tomado. Insistí en que no se preocupara por mí, pues yo estaría bien.

Me quedé sin empleada, es cierto, pero también me quedé con la satisfacción de que fue por una buena causa. Hoy miro los clasificados de FB a ver qué encuentro, siempre con la certeza de que la vida nos quita a unas personas para poner otras nuevas en el camino, aquellas que llegarán para enseñarnos las lecciones que aún tenemos pendientes. Así que estoy lista para darle la bienvenida al nuevo miembro de la familia.

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4 comentarios en “Se busca empleada doméstica

  1. Noooo mija, cada vez que escribe algo además de una gran enseñanza, de sacarme unas cuantas lágrimas, me deja pensando en infinidad de cosas que he hecho y en las que he dejado de hacer. Siempre será un deleite leer tan maravillosas anécdotas
    .

    • Nunca es tarde para cumplir lo que dejamos pendiente tiempo atrás. Mientras haya ganas y voluntad, los deseos y proyectos se hacen realidad. Desde acá la apoyo de corazón para que vaya tras ellos. Abrazo y buena energía.

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