¡Adiós a los puestos fijos!

Esta no es una historia, tan solo una reflexión…

Hoy, al salir de la clase de Bikram, noté que había fila para ingresar a las duchas. Lo curioso es que dos de ellas estaban libres, lo que no explicaba el atasco. Cuando le pregunté a quien encabezaba la línea sobre el motivo de la espera, me respondió: “ah, es que a mi sólo me gusta bañarme en la de la esquina o en la segunda, de izquierda a derecha, y esas están ocupadas”. Será por lo mismo que cuando yo vengo al estudio siempre elijo el locker No. 9 y en el gimnasio el 76, pensé. Esto sin contar que todas las veces me ubico en el mismo rincón del salón de yoga, estaciono en la misma zona del centro comercial, elijo la misma mesa en cada restaurante y me inclino por la misma fila y el asiento cuando voy a cine.

¿Les pasa igual? Y no me digan que no, porque sé que en este preciso instante están trayendo a sus mentes esos fastidiosos hábitos, que a ustedes también los aquejan. Y digo fastidiosos, porque estos reflejan nuestra enorme inclinación a apropiarnos de los lugares, objetos y, más grave aún, de las personas, sin entender que todos ellos están de paso para prestarnos algún servicio puntual y temporal o para cumplir una misión irremediable en nuestras vidas. Y digo irremediable porque así quisiéramos cambiarla, esto no sucedería.

Sentirnos dueños de algo o de alguien nos da seguridad, nos hace creer que estamos de cuerpo presente en este mundo, que tenemos el control de una situación y que somos poderosos, pero nos aleja del sentimiento más liberador que puede experimentar el ser humano: el desapego

Ahora es que vengo a entender por qué ya algunas organizaciones no tienen puestos fijos para sus empleados y éstos deben sentarse en el que encuentren desocupado a la hora de su llegada. Se acabaron las fotos familiares en los cubículos, los corchos con notas personales y laborales y los pocillos de café personalizados que habitaban en los puestos. Ahora, estos deambulan de lado a lado y lo mismo deberíamos hacer nosotros en la vida, entendiendo que podemos recoger de las personas las lecciones que tengan para entregarnos en el instante en que tocaron a nuestra puerta, pero que de igual modo pueden marcharse cuando ésta se abra de nuevo, momento perfecto para dejarlas ir sin dolor, sino, todo lo contrario, con absoluta gratitud (incluso si la experiencia fue poco grata).

Que el propósito de aquí en adelante sea salirnos de esa zona de confort para buscar un locker en el extremo opuesto del acostumbrado, una de las duchas que se encuentran libres y una relación a la que no le pongamos ningún título, tiempo, ni lugar. Quizás así hallemos lo que, al fin de cuentas, hemos venido a buscar: la felicidad. 

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