El día sin padre

Alegre, sociable y parrandero siempre lo recordaré

Alegre, sociable y parrandero siempre lo recordaré

Nueve años después lo sigo llorando. La penúltima vez que visité el cementerio fue justo el Día del Padre del 2014 y no porque lo planeara, pues esta festividad la borré de mi cabeza desde que él se marchó, sino porque al regreso de un inolvidable viaje por Boyacá sentí la inmensa necesidad de hacer un pare en la calle doscientos y pico para llenarme de su presencia, que brota de manera especial cada vez que piso ese recinto sagrado.

Era temprano y no estaba sola. Me acompañaba un ser especial, sensible, brillante, con fantástico sentido del humor, quien conoce mis secretos, mis dolencias, mis malas mañas, mis alergias, mis risas y mis pesares, así como el vacío que llevo en el corazón desde el año 2006 a raíz de la partida del ser humano más extraordinario que he conocido: mi padre. Muchas veces lo lloré en su presencia. A veces sobria y otras cuantas en estado de alicoramiento. De ahí que haya tenido la confianza suficiente para pedirle que me tomara de la mano en tan penosa escala. Sin vacilarlo, aceptó de inmediato.

Ajeno a las costumbres hebreas, mi compañero de viaje no tuvo problema en portar la kipá, gorro de uso obligatorio para los varones al ingresar en determinados lugares de culto judío. Luego, me acompañó a tomar las piedras que depositaría en la superficie de la tumba como símbolo de mi presencia. Tan pronto las puse encima de la lápida, me derrumbé en el pasto y acurrucada derramé encima de mi héroe todas las lágrimas y sollozos que tenía almacenados por años. Fue entonces cuando mi acompañante -en un silencio absoluto, libre de juicios y de lástima- extendió sus brazos y manos angelicales sobre mis hombros, recordándome que no estaba sola.

30 años a su lado y quién sabe cuántos lejos de él

30 años a su lado y quién sabe cuántos otros lejos de él

La razón de mi tristeza no era otra que haber visto grabada sobre la fría piedra gris la fecha de su deceso, que también había borrado de mi memoria como un acto de negación para ignorar su despedida. No sentí vergüenza con mi invitado, pero sí con la vida, que ese día me pellizcó fuertemente al recordarme que ya pronto se cumpliría una década. Y ni se diga de las que faltan, pues si el de arriba me permite llegar a los 70, tendré que decir que he sido huérfana de padre durante 40 años. Eso sí que me atormenta.

Y no porque lo extrañe. Esa es la verdad, pues la energía que me entregó en vida fue tal que aún guardo suficientes reservas para recordarlo cada día como si estuviera de cuerpo presente. Tampoco me pregunto nunca qué haría él en tal circunstancia o en tal otra y mucho menos qué consejo me daría cuando me encuentro con una pared difícil de derribar. Siempre tengo la certeza de cuál sería su respuesta y también su actuar. Su ejemplo me lo dejó claro durante los años que lo tuve con vida. Lo que sí echo de menos son sus brazos peludos, el peculiar aroma de su calva (a consultorio de pediatra, como siempre le decía), sus bulliciosos ronquidos, sus ojos camaleónicos y nuestras salidas a comer, que ningún otro comensal podrá igualar jamás.

En esas noches a manteles pensaba precisamente aquel día de junio, en que mi cómplice y yo lo visitamos en el cementerio, y también la vez siguiente, en la que ya este último no estuvo presente y de quien extrañé su abrazo cálido y su reconfortante mudez. Hoy, la que calla soy yo para brindarle el mismo consuelo que él me concedió en esa penúltima parada, ya que su viejo, al igual que el mío, se ha marchado de este mundo hace tan solo unos días.

Casi que puedo palpar el dolor que está sintiendo en esta fecha, las lágrimas que está derramando, los versos que le está dedicando y las canciones que le está tarareando, pues si conozco a un hombre sensible en esta vida es a él. Por eso, convencida de que el silencio habla más fuerte, hoy me refugio en estas letras para decirle a mi “maestro” de aventuras: ¡estoy contigo! Y espero en un futuro poder extender mis brazos y mis manos no tan angelicales sobre tus hombros para darte el mismo aliento, que me permitió hace un año ponerme de pie y subir hasta el ‘Piso 21’ para retomar el camino de la felicidad.

Anhelo también que donde quieran que estén nuestros padres, se conozcan y se estrechen las manos, no sólo para irse de fiesta con su alegría, sino también para celebrar que en la tierra dejaron a dos almas gemelas inseparables.

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