Ya no como cuento

No tengo ni idea en qué momento me metí en la cabeza que no sabía cocinar. Recuerdo que de pequeña siempre les pedía a mis padres que me inscribieran en cursos de culinaria y no sólo en la época de vacaciones; también a mitad de semana, así eso implicara tener que trasnochar haciendo tareas.

Aún ya grande no dejé de explorar opciones, incluso de panadería. Y no al lado de cualquiera, sino del maestro francés Jacques Anento, quien me dejaba extasiada cada vez que lanzaba de un extremo a otro de su cocina el cabello de ángel, a base de caramelo, con el que se disponía a decorar el clásico Saint Honoré, que luego rifaba entre sus alumnas. Cuando llegaba mi turno de decir el número ganador, recuerdo que sudaba frío de la emoción que me daba la sola posibilidad de ser la elegida. Desafortunadamente, nunca me hice acreedora a tan noble galardón. Y ni se diga cuando preparaba el hojaldre, que pasaba mil veces por la laminadora para mostrarnos la cantidad correcta de capas que debía tener, de modo que, en realidad, fuera uno de primera.

Mi padre disfrutaba desde las arepas rellenas con queso, que vendían en las calles de su natal Santa Marta hasta el más sofisticado de los platos. Muy propio de un auténtico sibarita

Mi padre disfrutaba desde las arepas rellenas con queso, que vendían en las calles de su natal Santa Marta, hasta el más sofisticado de los platos. Muy propio de un auténtico sibarita

Me brillaban los ojos mientras lo hacía, tanto como a mi padre cada vez que visitaba un restaurante, porque fue de él que heredé el enorme gusto por los fogones. Es más, su apellido no debió ser Aguia, sino Sibarita. Tanto que cuando yo trabajé en mi primera revista de alimentos y bebidas era a él a quien invitaba como parejo para que me acompañara a cubrir todos los eventos a los que estuviera convocada. No había terminado de describirle el plan por teléfono cuando ya estaba pisando el lugar de los hechos.

Desde muy pequeña una de las actividades que más he disfrutado es sentarme a manteles

Desde muy pequeña una de las actividades que más he disfrutado es sentarme a manteles

Lo mismo sucedía años antes cuando era él quien me incluía en sus tours gastronómicos por los diferentes restaurantes de la capital colombiana y de tantas otras ciudades que visitamos, a los que yo difícilmente podía negarme pese a quedar rendida en la mesa tan pronto acababa mi último bocado. No le importaba sacarme en brazos una y otra vez con tal de llevarme a las cocinas de sus amigos chefs, quienes me sentaban en los mesones y me daban una que otra degustación mientras estrujaban mis cachetes.

Fue así que desde muy pequeña tuve la fortuna de probar la trucha, el caviar, el cordero, los riñones, la salsa bernesa, el risotto, el pato y demás extrañezas. Claro, no para la generación de hoy, que degusta sushi desde que está en el vientre de su madre, sino para una niña de 6 años en plena década de los 80’s cuando el desarrollo gastronómico no le daba ni a los tobillos al de ahora.

Mucho paladar, poca sazón  

Lo cierto es que con el paso del tiempo, si bien seguía aferrada a mi gusto por la buena mesa, fui soltando la idea de que sabía cocinar para adentrarme en el mundo del analfabetismo culinario. Decía, repetía e insistía que no tenía ni idea de hacer un guiso, que se me quemaba el agua y que necesitaba ayuda hasta para preparar un arroz. Y como el poder de la palabra cala en nuestras vidas de una manera inimaginable, en mi mente quedó instalada la idea de que tenía buen paladar, pero carecía de sazón para deleitar a otros, incluso a mí misma.

Domicilio va y domicilio viene. Ese era el pan de cada día hasta que hace unos meses atrás fui exorcizada y recuperé mis poderes. Exorcizada por la necesidad de cocinar saludable, de ya no verme tentada a comer en restaurantes tanto como antes, de invitar a mis seres queridos a sentarse a la mesa para deleitarse con mis platos como la más auténtica muestra de afecto y de recuperar mi amor por este arte, que me ha acompañado desde que daba mis primeros pasos.

Algunas de mis creaciones de los últimos días

Algunas de mis creaciones de los últimos días. Si esto no es cocinar ¿entonces qué es?

Lo sentí como un llamado. Quizás de mi padre o de alguno de esos tantos cocineros que han pasado por mi vida para inspirarme, deleitarme y demostrarme que la pasión, así como el amor por los ingredientes, es el motor más grande que mueve a un profesional de este ramo. Y, pese a que no tengo cartón, hoy me hago llamar cocinera. Eso sí, aficionada. Incapaz sería de ponerme al nivel de estos artistas, quienes arriesgan el pellejo todos los días, padecen de várices debido a las interminables jornadas laborales que deben soportar de pie e invierten sus horarios para trabajar mientras los demás disfrutamos y dormir mientras nosotros nos despertamos. Sin hablar, de las agobiantes temperaturas a las que se someten y que broncean sus rostros para luego salir a enfrentar el inclemente frío de la madrugada en ciudades como Bogotá.

No soy ni la sombra de lo que ellos son, pero como la vida no se trata de juzgarnos ni de compararnos, debo decir que hoy me siento feliz de haber recuperado mi identidad como cocinera, que me ha permitido redescubrirme, sorprenderme y convencerme de que nunca lo dejé de ser. Tan solo me di un descanso para saborear más, observar más, investigar más y esperar la señal que me indicara que había llegado la hora de tomar la sartén por el mango. Ya lo hice y ahora difícilmente lo soltaré, porque ya no le como cuento a mis cuentos, tan solo a los sabores de mis recetas.

PD: Si quieren saber más de las creaciones gastronómicas de esta cocinera de corazón, pueden seguirme en mi cuenta de Instagram: Sin_Local

2 comentarios en “Ya no como cuento

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