Mejor verdad que mentira

3Sentada en la peluquería mientras esperaba mi turno para pasar al trono y me entretenía con una revista cargada de chismes de la farándula criolla, me topé con que mi vecina en el sofá era una vieja amiga de trabajo. La tengo presente, más que por las reuniones en las que coincidíamos en la sala de juntas, por su incansable lucha contra el peso, tema en el que teníamos tanto en común. Ella, al igual que yo, brincaba de una dieta a otra en busca de la que, por fin, desaparecería esos rollitos de más y nos evitaría la penosa frase que debíamos oír una y otra vez por parte de las personas: “tienes una cara muy bonita”. Siempre comentábamos lo indignante que nos resultaba ese insulto disfrazado de piropo.

Incluso, compartíamos los estrictos regímenes alimenticios a los que nos sometíamos en ese entonces para perder unos kilos de más, como el de comer piña y atún por una semana, tomar sopa de calabaza durante 15 días, reemplazar las comidas principales por batidos y hasta consumir pastillas adelgazantes, que nos recomendaba uno que otro estafador. Siempre, con el respectivo efecto rebote, que no generaba más que frustración.

Lo que más me sorprendió de nuestro encuentro fue no reconocerla a primera vista, teniendo que pasar por la penosa tarea de decirle que no sabía de quién se trataba y obligarla a recordármelo. El efecto rebote se había disparado con el paso de los años y sus pómulos salientes, su cuello ancho y su zona bananera estaban más robustos de lo habitual. De inmediato, me sentí identificada, pues nunca olvidaré mi condición de obesidad, solo que yo, al contrario de ella, era cobarde y me escondía cuando veía en la calle a alguien conocido venir en mi dirección. Temía que me preguntara quién era, como yo lo hice con esta antigua amiga, pero, más aún, que cuando le dijera mi nombre, no pudiera disimular su asombro, como seguramente yo no pude esconder el mío en el momento en que ella puso sobre la mesa su identidad.

Hoy, aunque ya no cargo ese peso a cuestas, sí llevo conmigo sus secuelas y me siento supremamente orgullosa de que así sea. Probablemente en un pasado, cuando veía las mismas revistas de farándula que hoy sostengo en mis manos, sólo añoraba el cuerpo de la actriz de Hollywood que engalanaba su portada, el pelo de la rockera greñuda que abría la franja de música y la altura de la presentadora de mayor raiting del momento que aparecía en la sección de perfiles. En el presente, recibo con gratitud la flacidez enorme que adorna mi entrepierna y que hace que las estrías, del tamaño de mi dedo índice, se pronuncien de manera contundente; la celulitis que reposa en mis glúteos y que se asoma sin vergüenza con el contoneo de mis caderas; y la piel casi muerta que se desprende de la parte inferior de mis brazos sin que haya pesas que valgan.

Cicatrices de por vida 

Ellas hacen parte de mi, me recuerdan lo que fui, lo que no quiero volver a ser y me sorprenden de cuando en vez con cualquier avance que muestran. Hacen parte de un trabajo de aceptación y por eso no quiero que se vayan de ahí; más bien, prefiero verlas transformarse en una mejor versión de mi. Esa versión que abandoné el día en que confundí el amor por la gastronomía con el consumo excesivo de comidas cargadas de calorías; el sedentarismo con el descanso; los altos niveles de colesterol con una predisposición genética y hasta el matrimonio con el candado que te ata a una persona, que está obligada a aceptarte hasta en tu peor estado.

Cómo nos equivocamos en lo que respecta a este último punto y lo ratifiqué cuando en medio de una conversación intima con esta vieja compañera de trabajo, me reveló, en aquel sofá negro de peluquería, que había desistido de luchar contra su peso, porque su esposo disfrutaba verla de ese modo o, al menos, eso le decía.

Los sofás de peluquería, rincones perfectos no sólo para esperar. También, para desnudar el alma

Los sofás de peluquería, rincones perfectos no sólo para esperar, sino también para desnudar el alma

No obstante, me confesó, con la enorme confianza que puede sentir uno por una persona que ha atravesado por la misma situación, que cuando se miraba en el espejo se sentía desdichada y, que, a pesar de tener el aval de su pareja, no hubiese querido echar en saco roto el que había sido su propósito por años: estar sana.

No sé si sea el caso de esta hermosa mujer que hoy protagoniza esta historia, pero en ocasiones delegamos nuestras decisiones e intenciones en la persona que nos acompaña, a la vez que le permitimos que se apropie de nuestros sueños, anhelos y proyectos, olvidando que somos individuos antes que parejas.

No juzgo a su esposo, pero tampoco lo excuso, pues quizás una muestra de auténtico amor -lejano de cualquier acto de egoísmo- sería tomarla de la mano para, en conjunto, transitar por el camino de una vida saludable para ambos. Y no porque este sea el único, pues gordos o flacos somos bellos y debemos regalarnos una sonrisa cada día al despertar, sino porque, tarde o temprano, el cuerpo nos pasa la cuenta de cobro.

Aquella creencia popular de que los hombres deben mentir cada vez que nos ven robustas está mandada a recoger. Muy por el contrario, agradecidas nos debemos sentir con aquel que tenga la gallardía de pararse al frente y decirnos: “estás gorda”. Yo ya lo tuve y, pese a que, en un principio, esa frase fría, escueta y hasta cruel me dolió, más tarde me reconcilié con ella y la convertí en mi arma mortal de lucha. Porque la verdad duele, es cierto, pero duele más la mentira de un fulano que dice disfrutar ahogarse entre tus rollos cada vez que va a la cama contigo mientras, en realidad, fantasea con una de esas mujeres de revista que esconde bajo la almohada.

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