En modo “on”

Esta historia se la dedico a mis amigas Carolina Escobar y Ximena Quiroga, quienes, durante un desayuno y un vuelo a Medellín respectivamente, me dejaron claro que, así la musa no llegue, los escritores nos debemos forzar a plasmar en el papel eso que nos alegra o nos atormenta… 

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No sé nada de fútbol. Nunca me interesó. De hecho cada vez que juega Colombia, debo recurrir a mis amigos para que me informen por qué visten camiseta azul y no amarilla, quién es el capitán del equipo, cuál es el nombre del técnico del rival y en qué estadio del mundo se encuentran. Vivo desinformada de lo que tiene que ver con el balón negro y blanco, que, de hecho, creo que ya se ha modernizado y goza de otras tonalidades.

Pero mi curiosidad futbolística se ha despertado durante estos últimos días a causa de una lesión en mis dos rodillas, que me ha regalado 15 días o más de incapacidad no deseada. La quietud e inactividad no son lo mío. Recibir la noticia de que debo guardar reposo, de que debo alejarme del gimnasio a pesar de tenerlo que ver cada vez que voy al mercado, de que debo cambiar el acalorado salón de Bikram Yoga al que asisto dos veces por semana para ahora meditar en la exasperante pasividad de mi cama y de que debo tener precaución hasta para subir y bajar los 13 escalones de mi casa, me tiene fuera de forma no sólo física, sino también mental.

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La quietud ha golpeado fuertemente mi buen ánimo

Si algo he podido ratificar durante estos 11 largos días que llevo de quietud es que el cuerpo y la mente son uno solo y que cuando alguno de los dos falla, el otro se echa a perder irremediablemente. He llorado con frecuencia, he peleado injustificadamente con el de al lado para descargar mi enorme frustración, me he aislado del mundo para no ver cómo éste sigue andando mientras yo me encuentro frenada a causa de mi dolencia y hasta he dormido más de lo normal para poder olvidarla, al menos, por unas horas.

Me he sentado con mis allegados expertos en fútbol y les he preguntado cómo lidian los grandes deportistas del mundo con sus lesiones y frecuentes incapacidades. La respuesta siempre es la misma: “ellos cuentan con la más avanzada tecnología, así como con los mejores médicos y fisioterapeutas, quienes se concentran en su recuperación día y noche.”. Eso es algo de lo que, sin duda, yo carezco en este momento, pues, pese a pagar una costosísima medicina prepagada, llevo casi dos semanas esperando por una resonancia magnética, que se niega a fotografiar mis extremidades inferiores. Debe ser por aquello que me dijo un pretendiente alguna vez: “lo que menos me gusta de ti son tus rodillas. Son dispares y poco definidas”.

Las citas parecen una lotería y no sólo en la clínica más cercana a mi casa. También, en las que quedan un poco más al norte y gozan de tanto prestigio por ser las que atienden a los de cuello blanco.

El teléfono se ha vuelto mi mejor amigo, así como también las recepcionistas de las áreas de radiología de las diferentes unidades de atención médica, quienes ya reconocen mi voz como la de la niña que llama diariamente rogando porque le abran un hueco en la apretada agenda.

Con paso firme 

Lo cierto es que estoy lejos de ser James o Falcao. En especial porque no creo que ellos tengan que pasar por esto. O, al menos, eso es lo que he podido investigar durante estos días de ocio, en los que me la he pasado sumergida en internet indagando sobre todas sus dolencias. Pero más que ir detrás de sus diagnósticos, lo que he buscado es evidencia sobre el tratamiento psicológico que les brindan durante esas épocas de inactividad en las que se pierden de partidos cruciales para sus carreras. Fue casi nulo lo que encontré. Pareciese que ese aspecto no se toca o, quizás, no sale a la luz pública. No puedo ser la única que siente que se va a enloquecer si no salta, corre y se arrastra por el suelo. Ellos también lo deben vivir y padecer. Estoy segura.

Pero mientras lo averiguo y logro mi anhelada cita con la máquina que registrará mi diagnóstico, no tengo más remedio que dejar de arrodillarme y lamentarme para  ponerme en pie y dar gracias frente al altar de mi Virgen de Guadalupe, quien seguramente me puso en pausa por alguna razón, pero a la que, a la vez, le pido a cada segundo por mi pronta recuperación.

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Bikram Yoga, mi eterna tabla de salvación

Ésta arranca mañana y no porque a último momento haya conseguido médicos de primera que vayan a estar al tanto de ella, sino porque recurriré a mi fuerza interior, mi determinación, mi poder mental y la escucha profunda y consciente de mi cuerpo para sanarme. Cuando me dieron la incapacidad, decidí apagarlos para entregarme a la enfermedad. Pero hoy, por alguna razón, he decido ponerlos de nuevo en modo “on”.

Me cansé de esperar, por lo que he decidido actuar. Hoy retomo yoga, como mi más seguro camino de salvación. En cuanto a la terapia, ésta la haré en casa y no precisamente para las rodillas, sino para el alma. Estoy lista a jugarme uno de los partidos más importantes de mi vida: el de volverme a levantar pese a no tener a un profesional de bata blanca que me dé la mano para hacerlo. No es la primera vez y tampoco será la última.

No estoy dispuesta a convertir mi incapacidad en discapacidad. Y es, precisamente, por eso que creo que a los pocos días de haberse referido a mis rodillas, aquel guapo galán se digirió de nuevo a mí para agregar: “¿Sabes? Ahora que te conozco mejor, he entendido que la imperfección de tus rodillas te hace humana y en ese toque de humanidad, bonita, muy bonita”.

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