En las nubes

Siempre sostuve que mi próximo pretendiente en la vida no saldría de un cuento de hadas, tampoco me lo presentaría una amiga como el mejor partidazo que podría tocar a mi puerta y menos llegaría el día en que estuviera más arreglada. Siempre supe que éste aterrizaría en el momento menos pensado. Quizás cuando fuera a bajar la basura de mi apartamento aún estando en pijama y el ascensor se abriera repentinamente para presentármelo.

1La fecha llegó y aunque no sucedió precisamente en un elevador, sí en un medio de transporte. De hecho en uno que no es para nada de mis afectos: el avión o, mejor llamado por mí, ” el aparatejo”. En lo que respecta a mi facha, llevaba el pelo más cochino que nunca, lleno de ondas y sin brillo, pues justo esa mañana, cuando pensaba lavármelo, amanecimos sin agua en el apartamento donde nos estábamos hospedando con mi mejor amiga en NY. De ahí, que haya desistido de la idea y haya más bien optado por una moña que disimulara el desastre. Con el atuendo pasó igual, pues en vez de vestir una elegante y bien entallada chaqueta negra que llevé al viaje para lucirla en las noches, me Incliné por un saco fucsia con capucha, de los que utilizo para el gimnasio.

Aún así llamé su atención durante el vuelo de regreso a casa. Tal vez, porque en el de ida a NY también coincidimos, como si la vida así lo quisiese. En ese primer trayecto sí portaba aquella chaqueta negra ceñida, que tanto me luce y cruzamos un par de palabras, así como también algunas miradas.

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Mi facha de ida a NY -VS- la de regreso a Bogotá

Recuerdo que, en ese primer encuentro, cuando llegó a mi puesto para ofrecerme algo de tomar, no solo le pedí café negro sin azúcar, sino adicionalmente un vaso con agua, a lo que él soltó un chiste que ya ni recuerdo. En la segunda oportunidad, cuando se repitió la historia, tan solo le solicité una copa de vino blanco, pero él, como si se tratara de la única pasajera con que se hubiera cruzado en la vida, recordó el episodio del agua y me pasó un vaso con esta bebida sin siquiera yo pedírselo.

Con el radar encendido

Esto me hizo entender enseguida que era uno de los míos y no precisamente por tratase de un auxiliar de vuelo, ya que dudaría acompañarlo durante sus trasvertías aéreas, sino por la inteligencia que denotan dichos detalles, pero, en especial, por el amor que le inyecta a lo que hace, lo que logra en mi un flechazo inmediato. Pude olfatearlo tan pronto nos recibió a la entrada del avión con una enorme sonrisa y un caluroso saludo de bienvenida. También, cuando emitió las instrucciones de evacuación a los valientes que ocupan la salida de emergencia y solucionó en completa armonía el disgusto entre dos pasajeros que tenían la misma silla. Ese hombre no podía pasar inadvertido o, por lo menos, para mí.

El agua me supo a gloria, así como el momento en que nuevamente nos cruzamos en el baño. El pasillo estrecho, que hacía que nuestros cuerpos se rozaran, estaba oscuro. Solo estábamos él, yo y nuestros ojos, que con su brillo iluminaban toda la aeronave. Hablamos y mucho. Más de lo habitual. Dentro de las preguntas había una obligada y era nuestro estado civil, que pasó la prueba por lado y lado, haciendo que nuestras miradas se penetraran aún más y el destello de las estrellas del exterior se filtrara por un instante en el interior.

3Podría decirse que esta es una historia sin final o, por lo menos, hasta ahora. No puedo negar que, luego de su insistencia, pensé pasarle mi número telefónico escrito de mi puño y letra en el pasabordo, tan pronto me entregara el formato de inmigración. Sin embargo, recordé que, justo durante nuestra intempestiva cita en el baño del avión, insinuó buscarme con ayuda de la tecnología, que ahora supera los rastros de papel chorreado de kilométrico negro o las servilletas rayadas con labial rojo, que acompañan el agua que llega inesperadamente a mi mesa portátil. Me dijo: “sé perfectamente que estás sentada en la silla 23F, lo que sin duda me facilitará el camino para llegar a ti”.

No sé qué tiene ese hombre, pero lo que sí sé es que me puso a escribir otra vez luego de una prolongada ausencia en mi blog y con un detonante: trepada en un avión, donde, en otras circunstancias me hubiese costado concentrarme, debido a la turbulencia.

Así que si en los próximos meses me ven anunciando que viajaré al Viejo Continente, un destino que me he rehusado a visitar siempre, ya saben que existió una motivación adicional y fue la de tener a mi lado a alguien que sujetara mi mano lo suficientemente fuerte como para cruzar el charco.

 

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