A un paso de ser vegana

MALTRATO ANIMAL

A pesar de haber estado en Paloquemao en múltiples oportunidades, la visita de hoy me resultó poco placentera: cabezas de ganado aún frescas, gallinas hacinadas sin piedad y pollos degollados y desplumados con el soplete a toda mecha me revolvieron el estómago al punto de que no pude probar bocado. 

Cuando entré al parqueadero de Paloquemao, lo primero que vislumbré en la portería fue a los tres estudiantes de crítica gastronómica, que me acompañarían en la travesía de hoy. Pese a que el plan era visitar uno de los restaurantes de esta central de alimentos de Bogotá (Colombia), Mauricio, uno de los integrantes del equipo, no aguantó el hambre y se nos adelantó con un buñuelo navideño, que lo puso a tono con esta época del año.

Ya con la barriga llena y el corazón contento, empezamos a explorar este paraíso gastronómico, cargado de color, bulla, gente linda y aromas. Unos muy gratos. Otros no tanto.

Pero no sólo el olfato se estremeció con los hedores regados en el ambiente. Mi vista también se vio seriamente afectada, al punto de entender que ella está directamente conectada con mi estómago. Y lo supe cuando justo al abandonar mi vehículo en el parqueadero y dar mis primeros pasos hacia el punto de encuentro con los alumnos, una voz masculina a mis espaldas grito: “permiso”. Cuando me volteé una sangrienta escena me dejó sin aliento y sí con muchas ganas de salir pitada para el baño. Se trataba de un hombre de bigotes largos y bata “blanca”, salpicada de manchas rojas hasta en las costuras. Al hombro cargaba la cabeza de una vaca, que podría jurar había sido despojada de su cuerpo hacia apenas unos minutos atrás. Y lo sé pues el líquido que corría por sus venas aún olía a fresco al tiempo que caía a chorros por el piso del lugar, dejando el rastro de una muerte anunciada.

Respiré profundo, tratando de recuperarme, pero sin necesidad de tener un espejo a la mano, podía predecir que estaba tan blanca como el papel que llevaba a la mano para tomar mis notas. Los primeros pasos fueron difíciles. Sentí que las rodillas se me doblaban. Sin embargo, no podía flaquear. No me quedaba muy bien en mi rol de profesora caer rendida en el piso para que los estudiantes tuvieran que cargarme en hombros, tal y como ese hombre lo hizo con ese pobre animal que no pidió venir al mundo, como tampoco irse de él de manera tan cruel.

Paloquemao me dio palo  

Cuando creí que el tema estaba superado (por decirlo de algún modo), me topé con los galpones de gallinas, donde estas criaturas, con limitada movilidad, no podían ni respirar. Su cacarear solo me enseñaba su forma de reclamar libertad. Lo único que se respiraba en este rincón de la plaza era su infinito estrés.

Era como si estuvieran muertas en vida. A su lado, las que ya habían pasado a peor vida. Degolladas brutalmente, con sus cabezas colgando y una desnudez absoluta, producto del soplete a todo hervor que había pasado por sus cuerpos. Fue entonces cuando entendí de dónde proviene el tan popular dicho: “con la piel de gallina”.

Así mismo estuvo la mía durante toda la visita, al punto de que cuando llegamos al puesto de comida donde degustaríamos el exquisito almuerzo que teníamos planeado, mis tripas solo toleraron un café negro para pasar este trago amargo de descubrir que no existe animal más salvaje que el hombre.

¿Volveré a Paloquemao? No lo sé. Pero si me decido, seguramente será a la sección de frutas y verduras, que hoy más que nunca me invita a quedarme en el mundo de los verdes.

Nota: Las imágenes que podrían acompañar este texto eran demasiado escalofriantes y hacían alusión a la muerte, por lo que opté por omitirlas.  

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