El vecino del Audi (Parte I)

A pesar de que el reloj marcaba más de las 9:30 p.m. y estábamos en plena semana laboral, le imploré a mi esposo, tan pronto ingresamos a nuestro apartamento, que fuera de vuelta a donde Richard, nuestro vecino del 5015, y se asegurara de que él se encontraba bien. No me hubiese perdonado por nada del mundo que al día siguiente nos hubiéramos topado con una ambulancia parqueada al frente del edificio y que en la camilla que estuviera a punto de ingresar en ella se encontrara tendido este abogado de familia de casi 70 años.

IMG_5504No fue difícil convencer a mi cónyuge de que tocara a su puerta. No solo porque había quedado tan preocupado como yo luego de nuestro encuentro con él en el ascensor, sino porque desde hace tiempo veníamos planeando hacerle una cita con Jane, una vieja conocida amiga que también ronda su edad y quedó viuda hace algunos años atrás luego de un feliz matrimonio de casi 40 años.

La razón de nuestro interés: ambos viven solos, son de corta estatura, se tiñen las canas, se la pasan sonrientes y brota de ellos una energía arrolladora que nos hacía pensar que harían una pareja perfecta. En especial, porque no nos parecía justo que terminaran sus vidas aparte, cada uno sentado en una poltrona antigua, frente a un televisor, con una cobija escocesa en las piernas y un plato de comida a domicilio.

Mi esposo lo estima, porque fue el primer vecino que tuvo y con el que interactúo cuando se mudó a este edificio. Me cuenta que siempre fue silencioso, calmado, cordial y muy solidario. Yo, también logré cogerle cariño pese a solo llevar unos meses viviendo aquí y haber intercambiado una que otra palabra con él en mi inglés atropellado, que a veces me traiciona cuando abordo a un extraño en el pasillo del piso quinto, en el que ambos vivimos. Sin embargo, sus expresiones, su forma de caminar, su mirada, su manera de vestir y su tono de voz me recuerdan tanto a mi padre que me resulta imposible no estimarlo.

Encuentro en el ascensor

Esa noche que nos topamos en el elevador no fue igual a las demás que habíamos tenido en el pasado. Se veía triste, preocupado, consternado y cabizbajo. Como si le acabasen de dar la peor noticia de su vida o recién hubiesen sentenciado a uno de sus clientes a cadena perpetua. Fue entonces cuando mi esposo le preguntó en su inglés mucho más fluido que el mío si se encontraba bien. Su respuesta me dejó atónita: Regular, nos indicó con la mano. Mientras que de su boca brotaban esas palabras que no queríamos oír: “tengo problemas de salud”.

Lo que más me sorprendió de su respuesta no fue ni siquiera su contenido como tal, sino su franqueza al revelarle su situación a un par de extraños. Esa franqueza que no es propia de ningún vecino en el ascensor y menos en un país como Estados Unidos, en donde las respuestas, si bien son amables, siempre suenan como disco rayado: “I’m grate, wonderful, never better, etc”.

Eso prendió mis alertas de inmediato y me dejó pensativa. Sin duda, se sentía solo y necesitaba con quién hablar. Pero, mientras mi cabeza viajaba por el más allá, haciendo predicciones y sacando conjeturas, mi amado no perdió el poco tiempo que teníamos en el viaje del primero al quinto piso y aprovechó para proponerle lo de la cita a ciegas que nos había estado rondando la cabeza. Aún no sé si fue el momento indicado, pero lo que sí sé es que era ese o nunca. La expresión de su rostro cambió. Éste se iluminó y volvió a brillar en él la esperanza. Aceptó sin pensarlo y nos indicó que planeáramos el encuentro para el siguiente fin de semana que estaría libre.

Al salir del elevador, lo acompañamos hasta su puerta y continuamos por el pasillo. Tan pronto sentí que trancó la chapa fue cuando empecé a saltar como loca y le dije a mi esposo que tenía que pedirle algo urgente, un favor enorme, que le terminé revelando en la intimidad de nuestra casa y que ya les relaté unas líneas atrás.

Así que él me concedió el deseo y regresó hasta el apartamento 5015. Extrañado por su inesperado y pronto retorno, Richard lo atendió y le confesó que no se encontraba bien, pues su estado de salud era complicado. Sin duda, no se trataba de una simple gripa o una jaqueca. Pesé a no haber entrado en detalles, supimos que la enfermedad había tocado a su puerta, como también lo habíamos hecho nosotros esa noche para irrumpir en su privacidad y en su corazón en busca de encontrarle esa mujer que lo acompañaría durante la recta final. Se sintió afortunado de saber que podía contar con este par de inquilinos y que en caso de alguna emergencia no tendría que llamar al 911, sino más bien golpear en el 5026, que queda cruzando el pasillo.

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El aviso de discapacidad que cuelga del espejo retrovisor del carro de Richard denota su actual estado de salud

Por ahora, convencidos de que el amor es una fuente poderosa de sanación, nos hemos puesto en la incansable tarea de cuadrar todos los detalles del encuentro entre esta pareja, que esperamos que fleche sus corazones para que bombee en ellos sangre nueva, capaz de restaurar el cuerpo, el alma y la mente, de modo que puedan transitar nuevas aventuras en el Audi color plata que maneja Richard y que está a la espera de un copiloto que esté a su altura.

Esta historia continuará…

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