El vecino del Audi (Parte II)

 

Si bien todo estaba pronosticado para que durante el encuentro entre Richard y Jane afloraran corazones flechados, ese 13 de mayo pasará a la historia como el día de los corazones rotos.

Todo estaba dispuesto para que ambos llegaran a nuestro apartamento a las 12:30 p.m., con el fin de tomarnos un aperitivo antes de salir para Julia, el romántico restaurante italiano ubicado a pocas cuadras de nuestro edificio y que, en nuestro rol de celestinos, habíamos elegido para esta cita a ciegas. Nada podía fallar. Así que para mermar los nervios mi esposo bajó al parqueadero a recibir a nuestra Julieta mientras yo esperaba en casa a que Romeo tocara a la puerta. Lo hizo con cinco minutos de anticipación, como todo un caballero, lo que me permitió relajar el ambiente con música instrumental y una amena charla, que solo se vio interrumpida cuando el resto de la visita arribó.

3Los presentamos, se saludaron de manera cordial y el tema entre ambos no se hizo esperar. Hasta por un momento pensamos que el cruce de miradas del primer encuentro era un buen augurio. Sin embargo, Jane no tardó mucho tiempo en predecir que ese romance no prosperaría. La razón: tan pronto tomó asiento en la sala, notó un comportamiento extraño en su pareja de aquel día. Su agudo sexto sentido, propio de una mujer de casi 80 años y quien estuvo felizmente casada durante más de 50 con su difunto esposo, salió a flote tan pronto Richard tomó la primera copa de vino tinto en sus manos. Al principio, éstas le temblaban, al punto de que supusimos que la enfermedad que padecía era el mal de Parkinson, pero tan pronto bebió el primer sorbo, el fuerte temblor cesó.

Ya con las alertas encendidas y los ojos bien abiertos, Jane sugirió que nos dirigiéramos al restaurante. Nuestro vecino del Audi se ofreció a manejar, por lo que antes debíamos hacer una parada técnica en su apartamento para recoger las llaves de la nave. Al abrir la puerta nos invitó a seguir. El espacio se encontraba patas arriba y un intenso olor a cigarrillo trasnochado brotaba de la alfombra y las paredes. El televisor permanecía prendido y en él se transmitía un partido de tenis a un volumen desorbitante, que nos dejaba entrever por qué los oídos de Richard nos pedían con tanta frecuencia que le repitiéramos cada frase que pronunciábamos. La cobija escocesa reposaba en la poltrona con rastros de que su dueño había pasado la noche en ella sin siquiera haberse despojado de la ropa de trabajo. Pero, lo que más llamó la atención de nuestra veterana amiga es que había botellas de vino desocupadas por todos lados, como si la noche anterior se hubiera llevado a cabo una gran fiesta.

De la euforia a la tristeza

A medida que la conversación avanzó, notamos que no había habido tal y que el único autor intelectual y material de aquel consumo de alcohol era este veterano de Vietnam, a quien siempre nos topábamos en el ascensor con las mejillas sonrojadas y quien al llegar al piso quinto se tambaleaba discretamente de lado a lado del pasillo. Aquel hombre solitario que con unos tragos en la cabeza se comportaba de manera alegre y desparpajada, pero que cuando volvía a su estado de sobriedad, se dejaba invadir por el dolor, las frustraciones y las culpas del pasado.

 

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Esta imagen fue distorsionada para proteger la identidad de los protagonistas de la historia  

Todas ellas salieron a flote durante el almuerzo, que, más allá de un tono de conquista, lo tuvo de tragedia. Nos contó que su esposa lo había dejado hace un año y medio, que su hijo de 22 años se había quitado la vida hace 10 y que confesaba haber sido un detestable miembro de familia. Con los ojos llorosos y la voz entrecortada aceptó que había sido un padre ausente, indiferente e intransigente y hasta insinuó que era por él que su hijo se había arrojado al hoyo de las drogas hasta tener una sobredosis sin reversa.

Por eso, en su afán de saldar cuentas con la vida, hoy se esmera por ser el mejor abuelo de los nietos que le regalaron sus demás hijos. Pero, parece que no le alcanzara para creer que se mereciera una segunda oportunidad con otra mujer como Jane. Al punto de que, al finalizar la cita, no intercambiaron teléfonos; tan solo un triste “hasta luego”. Siempre mantuvimos la esperanza de que en nuestro próximo encuentro con él nos preguntaría por ella, propiciaría una nueva velada o nos pediría sus datos, pero nunca fue así. Por su parte, nuestra Julieta, nos manifestó sentirse desilusionada, al fallar en una nueva cita a ciegas, pero al tiempo aliviada de no haberse involucrado con este abogado para quien las leyes del amor ya quedaron abolidas y quien, sin duda, se inclinó por el derecho de familia con el fin de resolver los problemas a los que en la suya nunca pudo ponerles remedio.

De hecho, días más tarde, nos topamos con él en el parqueadero al llegar de una conciliación. Esta vez para contarnos que abandonaría el edificio, razón por la que nos invitaba a su apartamento para inaugurar la caja de 12 botellas de vino que acaba de recibir por correo. Agradecimos dicho gesto de cortesía, seguido de una pregunta: ¿y para dónde te vas Richard? La respuesta nos dejó estupefactos: “me retiro a una institución para adultos mayores, donde espero pasar mis últimos días”. Desahuciado de tristeza y desamor, a la semana siguiente Richard partió con todas sus pertenencias en su Audi color plata, de cuyo espejo retrovisor pendía el aviso azul de discapacidad. Una discapacidad que le impidió ponerse de pie para ponerle el pecho a la vida, como lo hizo alguna vez para darle la cara a la guerra.

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