Amor de 4 patas

Recuerdo el día en que conversando con una amiga le dije: “¿y yo que voy a ir a hacer a la casa de ese ‘man’ si él tiene perro y a mí no me gustan esos animales?”. Horas más tarde estaba agarrando un avión con destino a Austin (Texas) para visitar al que en ese momento era mi novio y me había puesto como condición que debía conocer su mundo si queríamos dar el siguiente paso en nuestra relación. Y cómo decirle que no. Era lo más justo si tenía en cuenta que los últimos tres viajes para encontrarnos los había hecho él hacia Colombia, mi tierra natal.

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Mi esposo puede dormir sin mí, pero jamás sin el perro (esto incluye la siesta).

Sin embargo, dudé mucho en aceptar y también puse mis reglas: “Bueno, yo voy, pero yo no pienso dormir con el perro. Así que tendrás que elegir entre él y yo”. De dientes para afuera aceptó y aparentemente lucía tranquilo con la decisión. Quizás porque algo dentro de él le decía que no tenía de que preocuparse y que nadie destronaría a su inseparable Buddy de la mitad de la king size que había comprado especialmente para ambos cinco años atrás luego de su divorcio.

Una vez aceptada la invitación, tuve que salir a buscar un regalo para su mascota, porque no tenía presentación llegar con las manos vacías, teniendo en cuenta que este era un miembro más de la familia y necesitaba tanta atención como los demás. No tenía ni la más remota idea de qué llevar y mucho menos de en dónde adquirirlo. Por suerte, días antes de mi partida hacia el país del norte me topé en el Parque de la 93 con una joven que reposaba en el tronco de un árbol al lado de su perro, con apariencia muy similar a la de Buddy. Así que me llené de valor, me aproximé a ella y le pedí que me aconsejara. “Cómprale un juguete”‘ me dijo sin vacilarlo. “Ellos no se casan nunca de jugar”, continuó.

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Portando con orgullo la placa que lo identifica como parte de una familia

Le agradecí su orientación, tomé impulso y enseguida me dirigí hacia la tienda de mascotas que ella me había sugerido. Debo decir que me sentí en Disneyland, no solo por el paraíso de opciones, sino por lo perdida que estaba entre todas ellas. Casi que necesitaba un mapa como el que le dan a uno al ingreso de los parques para no morir en el intento. Duré hora y media eligiendo el juguete perfecto y mandándole a grabar una placa para el cuello que llevará inscrito su nombre, el de sus dueños (incluida yo) y el número telefónico. Y cómo si fuera poco, mandé a empacar todo en papel regalo como para disimular mi disgusto por los animales.

Mi mente no tuvo paz durante el viaje. Todo el vuelo me la pasé pensando en la posibilidad de que ese cuadrúpedo, tras entregarle dicho detalle, me saltara encima, me lamiera, me ladrara o hasta me mordiera. Me daba escalofrío de solo pensarlo. Pero, a lo hecho pecho. Emprender un viaje de vuelta era ya casi imposible y descabellado.

El encuentro con mi pareja fue emotivo y cuando salimos del aeropuerto, mi galán me llevó a almorzar. Debo decir que ya estando en el restaurante traté de masticar cada bocado lo más lentamente posible con tal de no llegar a su casa a toparme de frente con esa fiera que tenía en mi mente y que lucía como el propio perro callejero en cada foto que me enviaba por mensajes de texto como si yo las disfrutara. Siempre, tenía que responder disimulando: “ay que ternura”. Pero, en realidad, por dentro suplicaba que no me llenara de spam el teléfono.

Cuando salimos de allí, nos dirigimos a su apartamento y, al abrir la puerta, lo primero que vi aguardando por él fue a mi rival de pelo blanco, al dueño de sus afectos, a su compañero inseparable, al catalizador de su estrés, a su confidente, a su otro hijo. Gordito, como él le dice en español, movía su cola de manera incontrolable, corría de un lado para otro como si lo hubiera dejado de ver por un mes completo y trepaba las patas en sus piernas para que le diera atención.

Su amo le empezó a hablar como si fuera un bebé, a darle besos desenfrenadamente y a acariciarlo de pies a cabeza. Para completar, le había llevado el sobrado de pollo que yo había dejado del almuerzo y que había mandado a empacar en una caja para humanos ¡Qué intensidad!, pensé para mis adentros tan pronto se lo dio y pasé de largo.

Lo positivo del asunto es que “El Canchozo” se mantuvo al margen y el anfitrión tampoco me forzó a volcarme sobre él porque sabía por advertencia mía que “eso nunca pasaría”. En previas conversaciones telefónicas de este amor a distancia, le había contado que de chiquita había tenido un perro similar al de él, solo que de color negro y que se llamaba Chapulin, pero que eso ya era un capítulo cerrado en mi vida.

Cuando llegó la hora de irnos a la cama, Buddy nos siguió a la habitación como si nada. Enseguida me dirigí a su dueño con una mirada de ametralladora y le dije: “recuerda el pacto que hicimos”. A lo que él respondió: “lo que pasa es que no me quedó tiempo de entrenarlo para que durmiera en la sala y ahora se me parte el alma abandonarlo en medio de la noche, la oscuridad y el frío que hace en ese espacio”. Y así con esa prosa barata, me convenció esa noche y la siguiente y la que vino después.

En fin, ya han pasado dos años desde ese momento y ahora soy yo quien duerme con “El Canchozo” -como lo llamo de cariño- cuando mi esposo se va de viaje. Ahora soy yo quien se embolsilla la comida de los restaurantes para llevársela a casa, lo pasea cuando lo ve aburrido, lo saca al balcón para que tome el sol que tanto disfruta, inventa juegos con sus peluches, lo lleva de picnic y a la peluquería y hasta le compra un corbatín para que se destaque en las fiestas de perros a las que lo invitan.

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Además, le compro juguetes y decoro la casa con cuadros cargados de mensajes perrunos. Pero, eso no es todo. También medito a su lado todas las mañanas, tomada de su mano (perdón, quise decir de su pata) y absorbiendo su energía. La energía poderosa, pura y resplandeciente que solo un maestro de vida puede tener. Eso es él para mi: mi maestro. El que me enseña paciencia, lealtad, humildad y compasión, a la vez que me invita a vivir en armonía con mi entorno y con todos los seres que habitan en él.

Entre la vida y la muerte

Quizás fue esa misma energía la que motivó a mi esposo a evitar que Gordito pasará a mejor vida hace cinco años cuando llegó a la perrera y ya le habían aplicado la primera inyección de la muerte. Su presencia allí no era una simple coincidencia. Como miembro fundador de la organización sin ánimo de lucro OPA (Operation Pets Alive), con sede en Houston (Texas), su misión desde 2011 ha sido salvar a más de 20.000 perros y gatos al año, buscándoles una familia en la que puedan ser amados y respetados.

Aunque en el lugar de los hechos se oponían a rescatarlo, dado que tenía una grave infección en el corazón y uno de sus pulmones había sido perforado por una bala, luego de un disparo urbano malintencionado, mi esposo insistió y con voz firme se dirigió al responsable diciendo: “yo me hago cargo y asumo las consecuencias, así como los gastos que impliquen su recuperación”. Una suma elevada, por cierto, y que estos lugares prefieren evadir a cambio de una dosis letal.

Así que, sin importar sus 20 libras de peso, lo levantó de la camilla donde se encontraba tendido y lo cargó en sus brazos durante 2 horas mientras hacía su habitual ronda por la perrera. Cuando este peludo de apenas un año de edad (eso calculamos por la dentadura, pero no tenemos certeza), sin identidad, sin raza y con un alma callejera, abrió los ojos, ya ambos se encontraban en el carro. Mi esposo al volante y el echado en sus piernas. Cuando sus miradas se cruzaron, supieron que no volverían a separarse jamás y que ya no habría necesidad de buscarle un hogar de paso, pues tenía frente a él a su nuevo amo, quien le regalaría uno cargado de todo aquello que siempre deseó mientras deambulaba solo por la ciudad en busca de cariño, comida y abrigo.

Aunque aún hoy Buddy conserva la bala de aquel criminal que le apuntó de frente sin piedad (el riesgo de extraerla era demasiado alto), está más vivo que nunca. Esto, gracias a la valentía de un hombre que dedicó innumerables horas de su tiempo a su cuidado, se metió la mano en el bolsillo para su recuperación y derramó todo el amor de su corazón para que este cuadrúpedo recuperará la fe en los humanos y borrara de su mente la violencia de la que algún día había sido víctima y por la que, durante meses, se mantuvo en un rincón de la casa sin querer ser mimado hasta que por fin un día se resistió ante la insistencia y perseverancia de quién nunca se venció: su padre adoptivo.

IMG_6844Ahora me sumo yo para duplicar ese amor, que tanto me resistía a entregar en un principio, pero que hoy me es recompensado en cada mirada que él me regala y en la que claramente me dice: “gracias por haberme concedido una segunda oportunidad de ser feliz”. Así que solo me resta decirles: ¿adoptar o comprar? Los ojos de un perro a punto de ser sacrificado les darán la respuesta.

10 comentarios en “Amor de 4 patas

  1. Tengo q confesar q lloré, mis razones por no querer otro pero después de mi primer perro Caifas, fueron q cuando se lo robaron yo estaba en embarazo de mi primer hija y me dio muy duro el luto estuve llorando por casi un mes seguido, literal, y no quería volver a pasar por eso, pero cuando vi esa carita triste en ese cuerpito flacucho de mi negro 😍🐶 a punto de ser sacrificado por q no cumplía con las expectativas de su criador para su raza y q preferiría sacrificarlo en lugar de invertir en su cuidado si no se iba a ver beneficiado 😤 no me pude resistir y le pregunté si me lo vendía, por q estaba escuchándolo solo d casualidad mientras le entregaba a su hermana 🐶🎀 a alguien más, y el tipo me va diciendo… si se quiere encartar 😤 pues si yo me quise encartar y no me arrepiento 😍 traerlo a este país 🇺🇸 fue toda una odisea pero después de pelear, llorar, rogar y gastarme una platica 🙈😊 lo logre y no me arrepiento ni un poquito ellos son los mejores maestros de vida 🙌🏼🙏🏼 Gracias por compartir tu historia y recordarnos los seres tan maravillosos q son 🐶🐶🐶🐶🐶

  2. espectacular! lloré, recordé a mi perrita y pensé en la maestra que tuve por 14 años, mi mejir amiga como le decía… que linda historia. Gracias por compartir. Tu esposo… un super héroe! gente así es la que necesitamos en este mundo 🙂

    • No lo pudiste decir mejor: son nuestros mejores amigos y seguramente ella te cuida desde el rincón del cielo donde está ahora. Fuiste afortunada de tenerla por tantos años. Abrazos

  3. Dios mio! Amo los perros, nunca lo he dudado. Pero ahora amaré buscar las historias que hay detrás de cada uno de ellos. Tu “canchozo” es una muestra genuina de que todos tenemos ángeles. No solo los perros son los mejores amigos del hombre, tu esposo es ejemplo de que el humano también puede ser el mejor amigo del perro!. Todo es cuestión de bondad y decisión.
    Amo tu perro sin conocerlo, amo la esencia del hombre que escogiste como esposo, te amo a ti por darte la oportunidad de cambiar, amar y sentir lo que los caninos logran en nosotros. Excelente texto…el impacto me llegó en forma de lágrima! Love you.

    • Wow!!! La que terminó hecha un mar de lágrimas con este mensaje fui yo. Mil gracias por tanta generosidad, amor, humildad y sinceridad en tus palabras. Hoy grabo en mi corazón la sabia frase que utilizaste acerca de que los humanos también podemos ser los mejores amigos del perro. Que linda reciprocidad. Love U 2.

  4. Hola Evelyn….😊 precioso relato lleno de humanidad y humildad, yo casi toda mi vida he tenido mascotas de 4 patitas y creo que no podría vivir sin ellos, a pesar que sabemos que son seres vivos que lamentablemente no viven el tiempo que quisiéramos, que pasamos por alegrias y la tristeza de un día decirles adiós no me cansaré nunca de amarlos porque son nuestros ángeles terrenales que vinieron a este a mundo a enseñarnos la lealtad, la confianza y la fidelidad !!! Ellos nunca nos defraudarán 💕. Saludos desde Honduras 🇭🇳

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