La fruta de la discordia

Ese día me levanté de malas pulgas conmigo y con el Universo entero. La razón: ninguna en particular. Simplemente, las ganas de reclamar atención, de resistirme a perder el control y la terquedad férrea de vivir en el futuro y desperdiciar el presente.

Molesta y sin ganas, accedí entre dientes a ir desayunar afuera del hotel donde nos hospedábamos en Cartagena. Eran las vacaciones de verano y habíamos decidido por primera vez como familia visitar esta ciudad y disfrutar de su belleza. Una belleza que resultaba confusa para mí aquella mañana, en la que le había dado permiso a la oscuridad para ingresar en mi mente y nublarme la mirada.

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Elianis, mi maestra

Todos decidieron comer fruta luego de que una bella palenquera, vestida con un colorido traje, que contrastaba con su tez negra, saliera a nuestro paso para provocarnos con una amplia variedad de frutas del Caribe, a las que resultaba imposible resistirse. Le pregunté cuál era el precio del plato y se negó a responderme. Simplemente, atinó a decir: “tranquila mami que yo te armo uno bien sabroso, que alcance para todos”. “¿Cuánto vale?”, insistí, temerosa de que nos fuera a dar por la cabeza en vista de que tres americanos integraban mi grupo. Una vez más, quiso evadir la pregunta, por lo que la sangre me empezó a hervir y mi cabeza a maquinar lo que le respondería al mencionar el tan anhelando precio. Cuando terminó de ubicar el mango, la patilla, la papaya, la piña, el banano y el melón en el plato, que, si bien era hondo no era tan grande de tamaño, procedió a decir: “son 20 mil“.

Mi mente estaba programada para el ataque, así que sin haber terminado siquiera de pronunciar el valor, salté a decir: “¿usted de qué nos vio cara? Yo soy colombiana y sé perfectamente cuánto vale ese plato de fruta, porque lo he comprado mil veces antes. No le voy a pagar ni un peso, pues muchas veces le pregunté el precio para ver si estaba de acuerdo y usted se negó a dármelo”.

Las personas que me acompañaban quedaron paralizadas y aunque algunas de ellas ni siquiera entendían lo que salía de mi boca, pues solo hablaban inglés, sí podían leer el lenguaje de mis ojos y mis manos, que solo destilaba veneno frente a ese ser inocente que tenía a mi paso.

Contrario a lo que yo pensé y esperé, la mujer no se manifestó de la misma forma, ni se enganchó en esa pelea que yo solita estaba casando. Algo dentro de mí me decía que estaba actuando de manera incorrecta y que debía callar. Algo dentro de mí me decía que era mi Ego quien se estaba pronunciando en aquel instante y que no debía permitírselo. Algo dentro de mí me hacía sentir que la Evelyn de años atrás -agresiva, intransigente y llena de ira- estaba habitando mi cuerpo nuevamente y la culpa por haberle abierto la puerta no me dejaba en paz. No me perdonaba el hecho de fallar el examen que ya creía superado.

Mientras tanto Elianis, como supe días después que se llamaba, me seguía hablando desde el amor y desarmando mi Ego con la mejor arma que tenía a su alcance: un corazón noble y una conciencia limpia. Me dijo: “mi amor, yo no peleo con mis hijas, mucho menos lo voy a hacer contigo. Págame lo que consideres justo por mi trabajo y el plato que te acabé de servir”. Con arrogancia y sin escuchar esas miles de voces que inundaban mi cabeza para darme la orden de retractarme, le entregué de mala gana los 20 mil pesos y partí.

Mi familia quedó muda y hasta indigestada con la fruta, que yo ni siquiera probé y que se había convertido para mí a partir de ese momento en la manzana de Adán. Regresé devastada al hotel, con ese malestar infinito que se manifiesta justo en el chacra del corazón cuando actuamos de manera incorrecta, cuando andamos en piloto automático y abandonamos nuestro centro. No tuve aliento de nada más ese día. Eché a perder mi jornada, lo que me generaba aún más culpa y me impedía, en vez de corregir y encausar mi día, llevar a arruinarlo aún más.

El mango de la reconciliación 

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En silencio, la conciencia se manifiesta mejor

Sin embargo, cuando estaba en la piscina, tomando el sol, oyendo música de relajación, poniendo la mente en blanco y guardando silencio, las respuestas del corazón empezaron a manifestarse. La voz interior, que yo llamo Dios, se pronunció de manera clara y contundente: “debes ir a pedirle perdón a la palenquera”, me repetía una y otra vez.

Decidida a regalarle a mi día un final feliz, tomé impulso. Me fui por mi cuenta y sin avisarle a nadie hasta la esquina donde Elianis se posaba todas las tardes. Yo sola había empezado esta pela y así mismo debía terminarla. No había culpables que señalar ni responsables a quienes acusar, pero sí un par de manos que estrechar.

Cuando la vi, me detuve y me fijé en un detalle que horas atrás había pasado por alto. Su puesto de frutas estaba ubicado justo en la Iglesia de Santo Toribio, una de las más emblemáticas de la ciudad. Enseguida pensé: si la divinidad va a ser testigo de esta reconciliación, nada puede salir mal.

Pero, como siempre, el Ego trata de irrumpir en esas ideas y distorsionarlas para hacerle ruido a nuestra mente e impedirnos tomar acción. El miedo al rechazo por parte de esta madre de tres hijos y casi 70 años de edad, empezaba a merodear, pero le hice caso omiso y decidí avanzar hacia mi objetivo.

Cuando ya estaba apenas a uno pasos de abordarla, llegaron dos clientes, así que me senté y aguardé a que fuera el momento justo. Elianis me vio mientras la esperaba. Se mostró confundida y curiosa. Me acerqué cuando la vi sola y antes de poder pronunciar cualquier palabra, me eché a llorar en la mitad de la calle de manera desconsolada. Ella me abrazó. Mientras me refugié en sus brazos, le susurré al oído miles de veces: perdón. Le expliqué cómo me sentía, le compartí que había tenido un mal día y le expresé que mi intención nunca había sido descargar en ella mi frustración. Entendió, aceptó encantada mis disculpas y me regaló un beso en mi mejilla todavía húmeda por las lágrimas como la cariñosa madre que es. Le compré un mango verde con bastante sal, limón y pimienta. Esta vez sin siquiera preguntar el precio, pagué y regresé al seno de mi familia, que me esperaba con los brazos abiertos, para recomponer lo que todavía quedaba del día.

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18 comentarios en “La fruta de la discordia

  1. Que historia tan real y sincera, la verdad que todos en algún momento sino casi todos los días nos queremos descargar nuestra ira y malestar con alguien más, cuando somos nosotros mismos quienes tenemos que empezar a cambiar nuestra forma de ser y buscar soluciones, es fácil decirlo pero difícil de hacerlo.
    Se me partió el corazón de solo imaginarme el escenario de ese día, y me vi reflejada en ti.

    Gracias Evelyn por compartir y tocar nuestros corazones ❤️ …. saludos desde Honduras 🇭🇳

  2. Hermoso relato que me llenó de recuerdos de lo que fuí hace algunos años y con lo que lucho todos los días ( es mi razón para no parar de hacer ejercicio) porque hasta para eso me dió a mi amarme y valorarme soy una mamá y esposa feliz que le da tranquilidad, paz y felicidad a su hogar porque eran ellos las victimas de mi amargura de mi falta de amor propio de mi inseguridad. Así que mi respetada Evelyn entiendo, comparto y respeto el mensaje que me llega al corazón y me sirve de reflexión diaria. Un feliz día

    • Gracias por compartir tu testimonio, que me resulta admirable. Ser motor de un hogar a través del amor solo habla de la grandeza de tu corazón. A propósito, hoy más que nunca amo tu apellido ❤️

  3. Me encantó y se me salieron las de cocodrilo, (lágrimas) sabes q muchísimas veces uno se queda con esa censación de culpa y no hace nada, me encanta tu humildad bendiciobes.

  4. Ay mi Evelyn. Si..todos somos presos de ese niño pataletas y maleducado que sale como respuesta a la frustración. Es que no los enseñan a hablar desde la transparencia y el respeto..pero sobretodo desde la humildad, la sencillez y la vulnerabilidad. Xq nos enseñan que somos expuestos a peligro.. Cuando el único peligro es derramar el otro corazón ( si es noble) y lo peor que puede pasar al otro… Es eso que te paso a ti.. Sentirse miserable e injusto… Sin derecho debe por ahí hablando con nadie mas. Gracias z compartir. Si…si tenemos conciencia y control de lo que queremos ser es más sencillo. Un abrazo.

  5. Woww Eve, me hiciste un nudo en la garganta, nos falta tanta valentía para reconocer nuestros errores, pero trabajaré bastante en eso, millones de gracias por compartir tu vida con nosotros!!! Dios te cuide!🤗😗😗

  6. Que bell historia, me hizo 😭. Y una pregunta o confusión esa señora tiene 70 años… Se ve mas joven que yo que tengo 28 jajajaja. Me fascino todo y ojala tu esposo te perdone lo del 🍋

  7. Ay Aguia a un la lectura fue de un mal rato que pasaste, debo decirte que me pareció muy tierna, me llegó al corazón por qué conociendo tú carácter te debió costar mucho esfuerzo tener ese gesto con la palenquera, pero que bueno que tomaste impulsó y lo hiciste eso habla del excelente ser humano que hay en ese rostro que a veces se muestra tan rudo.

    ¡¡¡ TE FELICITO!!!!! Un abrazo.

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