El morral de la vida

Oímos constantemente que hemos venido a este mundo a aprender. Pero a medida que avanzo en el proceso de las terapias con mis pacientes y en el mío propio he podido corroborar que estamos aquí presentes para todo lo contrario: DESAPRENDER. Desaprender conductas, creencias, hábitos y emociones. Para reemplazarlas por unas nuevas que nos permitan recorrer el camino de la vida sin sufrimiento y acercándonos más bien a la meta de la felicidad, que vinimos a alcanzar el día en que decidimos sumergirnos en esta experiencia terrenal.

En aquel momento elegimos el lugar donde naceríamos, el cuerpo que habitaríamos y los padres que nos criarían para tener una vivencia cargada de crecimiento espiritual. En lo que a nuestros padres se refiere, ellos hicieron lo que estaba a su alcance, lo que pensaron era lo mejor para nosotros, motivados siempre por el motor del amor y la mejor intención. Entonces tan pronto nacimos, compraron lo que yo llamo “el morral de la vida”. Se esforzaron por elegir el más bonito, el más colorido, el más amplio y el más cómodo, de modo que no tallara nuestra espalda a la hora de cargarlo. No lo pusieron a cuestas y empezaron a llenarlo. Siempre comparo este momento con un viaje, con las vacaciones soñadas.

Incluyeron en él lo que, a su parecer, podía hacernos falta para esta aventura en la playa: protector solar, gorro, flotador, kit para jugar en la arena, sandalias, toalla, entre otras tantas cosas. Al regresar del paseo, olvidamos vaciarlo y, por el contrario, lo seguimos llenando con útiles escolares, libros y cuadernos, uniformes para las actividades extra curriculares, ropa para ir a dormir donde nuestros compañeros de estudio, comida, tareas y más tareas…

Por más cómoda y amplia que fue la elección de nuestros padres, el morral se empezó a llenar, comenzó a pesar, también a tallar y a dejar marcas en la parte trasera de nuestros cuerpo hasta que un día en la edad adulta ya no pudimos cargarlo más. Nos enfermamos, lloramos, sufrimos, porque nos costaba soltarlo. Sentíamos que algo se desprendía de nosotros como si se tratara de un miembro sin el que no podríamos subsistir. Nuestro cuerpo se sintió agotado y entendió dicho dolor como una señal de alerta y de estrés, así que bajó la guardia. Tuvimos entonces que hacer un pare en el camino de la vida para revisar lo que llevábamos en él, así como lo que le habíamos metido y permitido que otros nos metieran durante tantos años.

Durante esta exploración el dolor que, hasta ese momento era físico, se acrecentó y ahora se transformó en uno emocional, que le sacaba lágrimas al alma, al corazón, a la conciencia. Los recuerdos de la niñez vinieron y muchos de ellos, lejos de ser gratos, nos revolcaron, nos sacudieron, y nos hicieron ver que nuestro pasado seguía latente en el presente. Era como no haber avanzado ni un kilómetro de distancia en tantos años, como si nos hubiéramos quedado atascados en la niña o en el niño aún cuando nuestro cuerpo reflejaba el de una mujer o un hombre.

Sin exceso de equipaje

No entendíamos por qué había llegado la hora de desocupar ese morral que se había sentido tan confortable por tantas décadas. Parecía el momento justo para salir de esa zona de confort y adentrarnos en lo desconocido; para investigar con qué nueva información llenaríamos esta vez dicho equipaje, de modo que no nos pesara tanto y que en esta ocasión no dejara llagas sangrientas en nosotros.

La idea era que en esta oportunidad el viaje a la playa se tornara ligero, ameno, saludable y nos permitiera descubrir que podemos prescindir de la toalla para más bien secarnos con el sol; que podemos caminar descalzos por la arena, sin necesidad de vestir sandalias; que podemos reemplazar el kit de juego por una profundas inhalación para meditar y que si no usamos flotador quizás podríamos aprender a nadar contra la corriente.

Ese nuevo conocimiento que parecía fácil, divertido y placentero nos llenaba de terror, pues nos resistíamos a la idea de que vivir y ser felices fuera tan sencillo. De que viajar fuera posible sin una enorme maleta con exceso de equipaje. Nos habían enseñado que siempre el amor estaba atado al sufrimiento; que entre más piedras en el camino, mejor sería nuestro andar; que entre más peso cargáramos, mejor equipados iríamos a la hora de defendernos. Vinieron entonces las terapias, los retiros, las lecturas de desarrollo humano, los chamanes, el péndulo, los chakras y todas aquellas técnicas milenarias que nos ayudarían a cambiar el chip para poder entenderlo finalmente.

Había llegado la hora de crecer, de vivir en el presente, de anteponer el amor al ego, de alejar los miedos y darle paso a lo incierto. Así que nos llenamos de valor y empezamos a desaprender, a limpiar el disco duro de cualquier virus o toxicidad que pudiera averiar el sistema, a desocupar el morral para llenarlo solo con lo necesario, con lo que nos hacía bien, con lo que nos permitía caminar a buen paso. Y de este modo por fin corrimos más ágilmente hasta vislumbrar la tan anhelada meta: la de la felicidad.

PD: Una vez termines de leer estas líneas, eleva una oración para agradecerle a tus padres por haberte entregado un valioso morral. No importa si ellos no están presentes o si alguna situación de dolor te separa de ellos en este momento. Perdona, reconcíliate, acepta y confía.

Contacto para asesorías On-Line: sinlocal@gmail.com

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11 comentarios en “El morral de la vida

  1. Buenos días Eve Cómo estás . Gracias por todo lo que escribes , me ayudas mucho a entender tantos interrogantes! Un abrazo Quiero preguntarte no estás ya en Instagram? No encuentro tu perfil 🥴 Un abrazo 🤗 Bendiciones

    Enviado desde mi iPhone

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