¿Basura o reciclaje?

El día en que conocí a Estela supe que era una mujer de ‘raca mandaca’, de esas que no se le achicopalan a nada. Fuerte, determinada, robusta de mente y de cuerpo, ‘camelladora’, como le decimos en Colombia a las personas que trabajan duro y parejo. 

A primera vista, se le nota que es una mujer de campo, de las que no conoce desigualdad entre los géneros masculino y femenino; que carga el hacha, lleva a cuestas la leña al monte, baja al río a lavar las prendas de su familia, le hace mantenimiento a las piscinas de la calurosa región donde vive (Flandes, Cundinamarca), siembra, riega, fumiga y recoge la cosecha, además de que se desempeña como capataz de una finca. Lo anterior, con tal de que la dejen vivir allí con sus hijos, de modo que pueda darles un techo al tiempo que ella vigila la propiedad. 

Pese a que Estela siempre ha soñado con tener casa propia, el dinero que le depositan mensualmente a su esposo se ha ido en bares, licor y vida nocturna. “Ya perdí la memoria de cuándo fue la última vez que nos invitó a salir un domingo. Todo se le va tomando cerveza en el pueblo”, dice esta madre de dos niños, una de 14 y otro de 10. Y es que mientras ella realiza las labores diarias para las que ambos fueron contratados, él sale bien temprano en la mañana sin decir para dónde y regresa hasta la madrugada del día siguiente, según cuenta ella. 

Esta mujer, de 35 años, no ve ni un peso de dicho ingreso, razón por la que debe rebuscarse trabajos extras y cuando alguno revienta, pedir prestado para los transportes, de modo que pueda desplazarse hasta el lugar indicado. Siempre procura que los horarios coincidan con el de la escuela de sus hijos, de manera que no tenga que dejarlos solos. De ahí, que los turnos que puede desempeñar como empleada doméstica en los conjuntos residenciales de la zona -como el mío- sean de máximo cinco horas (de 8 am a 1 pm). Así que, antes de partir, deja el almuerzo hecho y, cuando uno le pide que se siente a comer, ella prefiere hacer un paquetito con el menú del día para llevárselo a sus hijos y compartir este momento con ellos. 

“Ya perdí la cuenta de cuándo fue la última vez que mi esposo nos invitó a salir un domingo”, dice Estela.

No obstante, un día le robé tiempo de su jornada para charlar. Yo me encontraba doblando ropa en mi closet mientras ella hacía el aseo del baño, que queda contiguo. Me contó que, en un principio, lloraba y le importaba la indiferencia de su esposo, pero que, de un tiempo para acá, ha decidido desconectarse emocionalmente de él. En realidad, son sus pequeños quienes a diario le suplican que se vayan de su lado. “Cada vez que estoy decidida a hacerlo, me amenaza con hacerle daño a mi mamá y me da unos cuantos golpes, que, con el tiempo, yo he aprendido a devolverle. Sin embargo, no puedo negar que todas las noches me acuesto intranquila imaginando que puede llegar borracho y atentar contra mi vida mientras yo estoy dormida. Por eso, lo denuncié, de modo que si mis chiquitos se quedan sin abuela o sin mamá, quede constancia de quién fue el responsable”. 

Pero la agresión física no es la única que esta mujer ha tenido que vivir. También la verbal, ya que su suegra, cada vez que la ve, la avergüenza en público al decirle que ella es la única compañera gorda que ha tenido su hijo y que los dos niños que dice que son de él son producto de otra relación. 

¡A la caneca!

Si bien Estela es consciente del impacto psicológico que dichas escenas de violencia tienen para los miembros más jóvenes de la familia y para ella misma, hay algo que le ha impedido escapar de ellas: un enemigo incluso más grande que su mismo esposo, quien, a propósito, es bajito, de contextura delgada y más bien callado. Se trata del MIEDO, el único capaz de congelar al ser humano e impedir que avance hacia un mejor futuro. Una fuerza tan poderosa que, si bien solo habita en nuestra mente, ha logrado que la señora Ospina, como se apellida, no sólo no tenga casa propia, sino que lo único que había podido comprar alguna vez -una lavadora- le fuera arrebatado luego de ser empeñado a sus espaldas por su cónyuge. 

El miedo es el único capaz de congelar al ser humano e impedir que avance hacia un mejor futuro”.

Pese a este panorama gris, esta habitante de Flandes -de curvas voluminosas, tez curtida por el sol, pelo oscuro rizado y voz dulce- vive feliz, sonriente, siempre con buena actitud, cargada de voluntad para trabajar, muy lejos de la pereza y muy cerca del optimismo. Recuerdo el día en que me acompañó a la Plaza de Mercado y le regalé un vestido de la boutique de la esquina para que se lo estrenara el día de su cumpleaños, que estaba próximo. No se la creía, saltaba de la dicha y se miraba en el espejo una y otra vez mientras nos desfilaba a mí y a las vendedoras del negocio. 

Ese día recuerdo que Carlos, como se llama su esposo, le marcaba al celular una y otra vez para apurarla o, de lo contrario, no podría recogerla en la moto y tendría que esperar el bus en el que se demora casi dos horas para llegar a su destino. No tuvimos más remedio que dejar la pasarela para después y correr para mi casa, donde él la iría a buscar.

Mientras llegaba por ella, aproveché para recordarle a Estela lo que ya le había explicado meses atrás cuando le mostré el funcionamiento de la caneca, que está divida en dos compartimientos: uno para la basura y el otro para el reciclaje. 

Y tuve que repetírselo, porque ya eran varias las oportunidades en las que había pasado por alto que en la bolsa verde debían ubicarse aquellos artículos que podrían tener un uso posterior y, en cambio en la negra, lo que tendría que desecharse para siempre.

Tras llamarle la atención porque toda la basura se encontraba revuelta, bajó la cabeza y con las mejillas sonrojadas me dijo en tono muy bajo: “Disculpe doña Evelyn, es que la verdad no entiendo qué significa la palabra reciclar”. Me quedé muda y ahora fui yo quien se sonrojó de inmediato. 

Para mis adentros pensé: “pero si ni siquiera yo la tengo bien clara, pues cuando me dirijo a esas canecas de cinco cabezas de los centros comerciales o de los grandes supermercados gringos quedo como si me estuvieran hablando en chino y no en inglés”.

Así que me disculpé y me ingenié una rápida y sencilla manera de explicárselo. “Estela -le dije con franqueza y hasta algo de crudeza- si hoy tuviera que ubicar a su esposo en la categoría de lo bueno, de lo que vale la pena lavar, conservar y reutilizar para darle nuevos usos y ayudar al medio ambiente o en otra, a donde solo va lo que no sirve más y debe ir posteriormente a un relleno sanitario a las afueras de la cuidad, porque huele mal, ¿por cuál se inclinaría? 

Si bien me reservo su respuesta -que ya se pueden imaginar cuál fue- sí les puedo decir que desde ese día Estela mantuvo impecable la basura de mi casa, así como también la de su nuevo hogar, que hoy solo está integrado por ella con sus dos hijos, Rocío y Juan Andrés. A veces al terminar la jornada de trabajo en mi casa, desfila su vestido nuevo XXL, cargado de color y boleros, al tiempo que me da las gracias por haberle recordado, a través de aquel comentario hostil, que era una mujer valiente, capaz de vencer el miedo y recobrar su libertad. 

*Los nombres y la imagen utilizados en esta historia fueron modificados para proteger la identidad de sus protagonistas.

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